Ballerini, el esprínter que mejor evita el peligro en Nápoles

IVÁN BENITO COLPISA

DEPORTES

Davide Ballerini, en el podio tras ganar la sexta etapa del Giro 2026.
Davide Ballerini, en el podio tras ganar la sexta etapa del Giro 2026. LUCA ZENNARO | EFE

El italiano del Astana, de 31 años, consigue la mejor victoria de su carrera tras salvar la previsible caída que se produjo sobre las dos curvas de pavés húmedo ubicadas en el final

14 may 2026 . Actualizado a las 19:20 h.

Nápoles siempre ha sido una encrucijada en sí misma. De civilizaciones, de caminos, de lenguajes, de culturas. Ahora también de carreteras y, por ende, de los ciclistas. Parece indeleble a su esencia. Más de un siglo con finales de etapa allí y al Giro nunca le fue sencillo llegar hasta ella. Tampoco en un 2026 en el que apostaron por adentrarse en sus calles después de 20 kilómetros por autopistas.

La meta para el clásico esprint no estaba esta vez en la via Caracciolo, en obras, pensando en la seguridad de los ciclistas. Pero entre organizadores e instituciones eligieron el pavés de la Piazza del Plebiscito como juicio final de una etapa completamente llana en lo que toda la atención se centraría en esos últimos metros. Para acceder al icónico lugar partenopeo, el pelotón debía pasar tres curvas de 90 grados en el último kilómetro. Dos de ellas de adoquín húmedo en otra jornada afectada por la llovizna.

El desenlace era previsible. Y se cumplió. Caída. Todos los que pelearon por entrar bien colocados, se fueron al suelo. Groenewegen, Milan, Aular. Magnier se queda atrapado entre bicis y cuerpos caídos. Solo dos salen indemnes. Davide Ballerini, esprínter del Astana, 31 años, un tiarrón fuerte, de hombros altos, cuya mejor victoria hasta la fecha fue en una prueba de pavés. La Omloop del 2021 fue para él. Le sigue otro especialista en las piedras. Stuyven, gregario del taponado Magnier, se esfuerza por intentar superarle.

El final es de película. Al fondo, el agua mansa del golfo de Nápoles. Imagen potente, como si fuera ideada por Sorrentino, uno de los napolitanos de referencia. Pero el ciclismo no tiene guion. Nada se puede prever. Ni siquiera la primera victoria de un italiano en este Giro. «Hoy no estaba en los planes ganar. Hoy, el velocista designado era Matteo Malucelli y yo, intentaba darlo todo por él», confiesa Ballerini, al que Stuyven no ha podido meterle la rueda siquiera en otro accidentado final.

La Piazza del Plebiscito tiene algo de cuna del Giro. En ella se decretó el 21 de octubre de 1860 la anexión del Reino de las Dos Sicilias al Reino de Italia. La unificación. Luego llegaría el Giro. La verdadera unión social. La plaza ya tenía un precedente en la historia del ciclismo. Y el resultado era claro: siempre será un deporte impredecible.

En mayo de 1979, Vincenzo Torriani diseñó un recorrido que abominable. Suprimía toda la alta montaña e incorporaba todos los ingredientes habidos y por haber para que el mejor ciclista local, Francesco Moser, ganara el Giro de Italia. Como era rápido en grupos reducidos y un excelso rodador, la carrera se llenó de finales con repechos y contrarrelojes. Cinco. La segunda fue entre Caserta y Nápoles. Con final en la Piazza del Plebiscito. Ganó Moser. De rosa. Con el público entregado. Pero le salió un enemigo acérrimo, Giuseppe Saronni, que se llevaría la victoria final. Nació una rivalidad sin cuartel, más televisiva que deportiva, entre ambos. Italia se entretuvo, pero no se dividió en dos. No eran los duelos de Girardengo y Binda. Ni mucho menos Coppi y Bartali. Al final Moser ganó el Giro cuando ya había arrojado la toalla. Se lo encontró cuando siquiera lo esperaba. Como Ballerini.