España, ordenarse jugando

Raúl Caneda

DEPORTES

Los jugadores de la selección, durante un entrenamiento previo al amistoso ante Egipto.
Los jugadores de la selección, durante un entrenamiento previo al amistoso ante Egipto. SERGIO PEREZ | EFE

El final de la selección más exitosa de la historia del fútbol nos secuestró en una especie de melancolía. La grandeza de los Ramos, Busquets, Xavi, Iniesta y compañía fue tan extraordinaria que deformó nuestra perspectiva por años. Después de esa generación maravillosa sufrimos una década en la que la ausencia de atacantes de máximo nivel nos convirtió en un equipo ofensivo inofensivo, capaz de convertir la posesión en una simple rutina. Jugaban bien y nada más, sin amenaza, sin desborde, sin alma, sin fútbol. Sin verdad.

La aparición de Nico y Lamine nos devolvió la pegada indispensable para darle la razón al juego, para así poder restaurar un nuevo orden mundial: la hegemonía del fútbol español.

Mientras las antiguas hegemonías de Brasil, Alemania o Italia se pierden alejándose de sí mismas, de su esencia, España se ha convertido en el nuevo referente del fútbol mundial. Nuestra hegemonía no es un accidente fruto de una generación aislada, sino que es un hecho cultural: un tipo de fútbol y de futbolista que parecían casi olvidados. Solo así Rodri se explica por Busquets, y Pedri no se entiende sin Xavi o Iniesta. Rescatan un fútbol antiguo solo comparable al Brasil del 70 o del 82, inundando la modernidad con un fútbol en gran medida olvidado.

Todos nuestros partidos empiezan por un respeto por el rival que dura justo hasta que el árbitro pita el inicio: cuando el partido empieza España despliega una armonía coral, un juego compacto por fluido donde el único que se descompone es un rival generalmente superado por los Rodri, Pedri y compañía. Como todos los grandes equipos, no juegan a estar ordenados. España se ordena jugando.

Administramos tanto talento que dos jugadores sin rango de titulares en la selección, como Zubimendi y Merino, tienen el nivel suficiente para ser claves en el Arsenal, líder de la liga más cara del mundo. Vivimos en la opulencia sin darnos cuenta.

El fútbol es un juego colectivo de influencia individual, donde lo realmente definitivo es la capacidad transformadora de los grandes jugadores. Todos tienen los mismos genes, pero algunos los tienen geniales. España tiene tres, dos de ellos, Rodri y Pedri, son amplificadores de la armonía, de la lógica, del control, capaces de mejorar cada balón que reciben. Van jugando regalando ventajas. Son genios del proceso, de la trama.

Lamine no necesita ni tramas ni procesos. Es uno de esos jugadores únicos cuyo impacto y precocidad es solo comparable a los de Pelé y cuyo regate indescifrable nos remite a un Best o a un Garrincha. Nos remite a la historia. Él y Nico transformaron un equipo pastoso en un equipo voraz.

Con un elenco tan extraordinario de jugadores, España no puede encontrar rival más temible que España misma.

Como bien decía Cruyff, conviene entender por qué ganamos cuando ganamos, para no llegar a conclusiones erróneas.

Dado que un equipo de fútbol son niveles y sinergias, Lamine encontró su confort al lado de un Carvajal pletórico que ejercía de protector paternal. Entregaba el balón sin pretensiones, y con un mensaje conciso: tú, juégatela, que yo te protejo. Carvajal era la mezcla perfecta que permitía a Lamine expresar todo su potencial.

Marcos Llorente es extraordinario en su vigor físico, ocupando espacio sin parar, un producto perfecto para el fútbol expansivo del Atlético de Madrid. En nuestra selección, capaz de jugar constantemente en campo contrario, no hay espacio que ocupar ni campo donde correr, y ahí Llorente acaba siendo poco ecológico. Invade los espacios de Lamine y los atasca atrayendo rivales. Llorente no encaja en el ecosistema que un genio como Lamine necesita: no lo activa, lo opaca.

Si el equipo no funciona como debiera, no sería extraño que culpáramos a Lamine de la misma manera y con la misma cursilería con que se culpaba a Mbappé y a Vinicius de los males del Madrid. Son análisis postmodernos donde todos los actores que conformamos la industria del fútbol acentuamos la importancia de nuestro papel tergiversando la realidad. Teatralizamos nuestra importancia suplantando a los protagonistas. Relatos pretenciosos donde la guarnición se come el solomillo.

Por fortuna, el fútbol son ellos. En sus manos estamos. Ellos son el porqué. Su plenitud será nuestro éxito.