La enésima lección de Carolina Marín

Antía S. Aguado TINTA MORADA

DEPORTES

Carolina Marín, durante su participación en los Juegos Olímpicos de París 2024.
Carolina Marín, durante su participación en los Juegos Olímpicos de París 2024. JUANJO MARTIN

Carolina Marín dejó el bádminton antes de que el bádminton la dejase a ella. Hasta marchándose ha sido un ejemplo. Las lesiones le han hecho poner punto y final a su carrera, pero ella ha sabido cuándo decir basta. Su calidad de vida ha prevalecido a su pasión. «No quiero poner en riesgo mi cuerpo», reconoció en su despedida. Y nosotros no podemos hacer otra cosa que aplaudir su enésima lección y agradecerle su exitosa trayectoria.

«Quería que nos despidiéramos en una pista, pero no quiero poner en riesgo mi cuerpo por ello. Habría querido que mi final como jugadora hubiera sido de otra forma». En el fondo, como ella misma reconoce, sí lo hizo jugando. Fue un 4 de agosto del 2024 en un París colmado por los Juegos Olímpicos. La Chapelle gozaba del dominio de Carolina ante Bing Jiao He. Y de rozar una medalla, al último raquetazo. El último punto. La última celebración. El último grito. Y la desesperación, el desconsuelo. Nos encogimos un poco al ver cómo su rodilla derecha se doblaba aparatosamente. No sabíamos que esa sería la última vez de Carolina. O, quizá, solo nos engañábamos.

Descubrió el bádminton cuando tenía ocho años. De él le gustaron su rareza, su exotismo. Y supo trasladar a este deporte el arte de su flamenco. Arrolladora en la pista —aunque ella se autodefine como «loba»—, Carolina se ha convertido en la jugadora europea más laureada de la historia. Oro olímpico en Río 2016, tres veces campeona del mundo y siete de Europa, creadora de un legado inigualable y ejemplo de superación y resiliencia. Sufrió tres roturas de ligamento cruzado en sus rodillas (dos en la derecha y una en la izquierda) y en los dos meniscos. «El deportista al que el miedo y la disciplina diaria le fastidie no es un buen competidor». No falló en ninguna. El éxito de Carolina no solo se mide en títulos, sino también en sus actos. Priorizarse ha sido valiente. Se va convertido en mito. Qué buen viaje.