El legendario entrenador Pat Riley ya tiene su estatua en Los Ángeles: «Nací para ser un Laker»
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La franquicia homenajea al técnico del histórico equipo del Showtime, cuya escultura luce a las afueras del pabellón junto a las de Magic y Kareem
23 feb 2026 . Actualizado a las 19:40 h.«De todos los que estáis aquí, solo James Worthy —leyenda de la NBA— me mostró respeto al llevar corbata. Todo el mundo vino demasiado casual. Multa de 2.000 dólares para todos», bromeó Patrick James Riley, Pat (Nueva York, 1945), la noche en la que Los Ángeles Lakers —cuya derrota ante los Celtics (89-111) pasó a un segundo plano— presentaron una estatua en su honor, que fue situada a las afueras del Crypto.com Arena. Un tributo que sirve para inmortalizar a un mito de la franquicia angelina, capaz de lograr un campeonato de la mejor liga de baloncesto del mundo como jugador y cuatro como entrenador.
«Nací para ser un Laker», confesó el neoyorkino durante el acto, antes de afirmar que se siente «bendecido» por todos los logros que obtuvo «rodeado de grandeza». Lo cierto es que su éxito cambió la historia de la que hoy en día es la segunda franquicia más laureada del campeonato estadounidense. Su papel secundario sobre el parqué se transformó en protagonista en el banquillo, desde donde dirigió a uno de los mejores equipos de la historia.
También fue jugador
Seleccionado en el draft de 1967 por los San Diego Rockets, se mudó a las tres temporadas, aunque no abandonó California. Se vistió de oro y púrpura y, aunque no dejó una huella imborrable, ayudó al equipo a terminar con el dominio de los Boston Celtics, al lograr el anillo de 1971-72 y devolver, 18 años después, la gloria a los Lakers. Para dimensionar la gesta, cabe destacar que en aquella plantilla estaba el icónico Jerry West (su silueta forma parte del logo de la NBA), quien, pese a disputar nueve finales, solo consiguió un anillo.
Pasaron cinco veranos tras ser campeón y Riley fue traspasado a los Phoenix Suns, donde se retiró. Tras varios años como comentarista, y otros como asistente de Paul Westhead, en el curso 1981-82 dio inicio a una de las etapas más gloriosas, no solo de la franquicia, sino de la historia de la Liga. Fue la era del Showtime. Aquel plantel, ganador de cuatro campeonatos bajo sus órdenes y formado por superestrellas como Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar —cuyas estatuas lucen al lado de la de Riley— y secundarios de lujo como James Worthy y Michael Cooper, será siempre recordado.
«Cuando se refieren a Los Ángeles como Ciudad de campeones, podemos mirarte como uno de los arquitectos de ese eslogan. Hiciste más por nosotros de lo que jamás podríamos agradecerte», reconoció el propio Magic la pasada madrugada. Riley dirigió a los Lakers durante nueve temporadas, en las que ganó cuatro anillos y perdió tres finales. Jugó los playoffs cada año. Siempre presente en los momentos decisivos, demostró ser uno de los mejores. Elegante y carismático, la relación entre Pat Riley y Hollywood se rompió al finalizar el curso 1989-90, pues todo lo que empieza, también debe tener un final.
Concluido su ciclo en el antiguo Staples Center, decidió regresar a casa para liderar a los New York Knicks. Una final en cuatro años, en los que solo los Rockets de Olajuwon, en el séptimo partido, evitaron que el Madison Square Garden celebrara el título. Su etapa en La Gran Manzana terminó sin un éxito que sí consiguió con los Miami Heat, donde aterrizó en 1995.
Otro ciclo ganador
Llegó como entrenador pero, tras ochos temporadas, decidió renunciar para ser el gerente de la franquicia. Fue capaz de reclutar a Shaquille O’Neal, quien, junto a Dwyane Wade, encabezó un proyecto que recogió sus frutos en el 2006. Casualidad o no, los de Florida tocaron la gloria con Pat Riley, que apostó por volver a entrenar. Dos cursos después se retiró definitivamente y se convirtió en el presidente de la franquicia, cargo que ocupa actualmente. El Padrino de la NBA sigue dando guerra.
El nombre de Pat Riley estará siempre ligado a la Liga. La historia sería diferente si en el lejano 1967 hubiera decidido enrolarse en los Dallas Cowboys de la NFL, pues también fue seleccionado en el draft del fútbol americano. Al decantarse por la canasta y el balón naranja cambió la historia del baloncesto.