Una irrupción asombrosa y el reto de perdurar

DEPORTES

ERIK S. LESSER

03 abr 2022 . Actualizado a las 22:55 h.

Solo cada muchos años el deporte sufre un temblor como el que produce estos días Carlos Alcaraz. La irrupción de un fenómeno valiente y talentoso que pueda marcar una época. Que la detonación fuese en parte esperada no evita el asombro de ver a un crío tan joven rendir a semejante nivel. No hace nada diferente a los demás, no alumbra una revolución en el juego, pero toma lo mejor de algunos de los mejores. Y solo eso resulta prodigioso.

Alcaraz no es Nadal, y la comparación con el tenista que hoy tiene más grand slams de toda la historia del tenis, por muy bienintencionada que llegue, se puede volver en contra de cualquiera. Pero Alcaraz sí tiene detalles del ADN de Nadal. La garra contagiosa con la que compite, el autocontrol en situaciones de máximo estrés, su capacidad para convertir un golpe a la desesperada, desde las catacumbas de la pista, en un latigazo ganador... También luce una elasticidad y una agresividad en pista dura con un repertorio de fondo que remite a Djokovic. Y mil y un detalles pulidos por un entorno sano que lidera un entrenador sensato como Juan Carlos Ferrero.

Cuando El Mosquito llegó a ser número 1, el circuito vivía una época volátil. Nadie parecía tener la jerarquía suficiente para adueñarse del liderato de un ránking que había dominado Pete Sampras en la década anterior. Y el tenis, aunque ojalá tarde en producirse el relevo, se encamina hacia una nueva era cuando Nadal, Djokovic y Federer despidan la edad de oro de su deporte. Alcaraz tendrá la oportunidad de aprovechar un vacío doloroso y convertirse en el nuevo rey. Pero antes encara el reto que atropella a muchos, gestionar el éxito, consolidarse entre los mejores y mantenerse. Porque lo más difícil no es llegar, sino perdurar.