Un trastero de recuerdos

Álvaro Alonso Filgueira
Álvaro Alonso TOKIO2020

DEPORTES

JOSÉ PARDO

28 jul 2021 . Actualizado a las 15:38 h.

En 1968, Tapia y Gila, presidente y vicepresidente de la Federación Coruñesa de Atletismo, liaron en su aventura al nadador Carlos Bremón. Se trataba de viajar a los Juegos de México, previo paso turístico por Ámsterdam y Nueva York, en una excursión organizada por Viajes Amado. La barrera eran 50.000 pesetas —300 euros de ahora— y Bremón, a sus 21 años, los consiguió después de firmar una hipoteca verbal y sin intereses con su padre. Una fortuna para un chaval de la época que se convirtió en otro tipo de riqueza, la de ver de cerca una cita que en un 68 de cambios en todo el planeta, también mudó el movimiento olímpico.

El nadador era el más joven de una veintena de gallegos que partieron en un vuelo de KLM. Bremón, de forma inteligente, metió un chándal de España de sus competiciones con la selección y se convirtió prácticamente en un deportista más, con libertad de movimiento y sin pagar entrada. Un sueño para alguien de su edad que, aunque solo disfrutó un par de jornadas de su deporte —el hándicap de aliarse con dos aficionados al atletismo—, vivió días memorables. A buen seguro, merecidos, tal y como demostró a la vuelta, cuando se puso a trabajar a destajo y, después de dos años, consiguió devolverle el dinero a su padre.

Un chaval ejemplar, Bremón, que aún hoy se sigue lanzando a la piscina y posiblemente se retrotrae a aquel 1968 viendo los Juegos de Tokio. No por una historia como la suya, sino por todo lo contrario, porque la pandemia las está evitando, cuando la interrelación entre los deportistas y el público es parte protagonista de la esencia olímpica. El propio nadador gallego recuerda cómo se movía por el estadio Azteca, cuando en Japón solo hay asientos para los privilegiados y el resto del espacio es un vacío desolador.