Ayman Kelzi, el niño que nadaba entre bombas

Pío García COLPISA

DEPORTES

MARKO DJURICA

El nadador sirio, ganador de su serie en los 200 mariposa, representa la superación de muchos deportistas obligados a entrenarse en circunstancias difíciles

26 jul 2021 . Actualizado a las 16:57 h.

En las pruebas más concurridas de la natación suele haber una serie pintoresca en la que se juntan nadadores que vienen de países exóticos y que por unos días comparten piscina con los gigantes de su especialidad, casi todos procedentes de países ricos, con hermosas instalaciones y jugosas becas. No se trata de recordar el caso de Éric Moussambani, aquel guineano que saltó a la piscina en los Juegos de Sídney y que casi se ahoga. Hablamos de nadadores que conocen la técnica, que entrenan muchas horas al día y que consiguen ganar pruebas regionales, pero a los que separan distancias cósmicas de los grandes nombres de su disciplina.

Por la competición suelen pasar de puntillas, como si fuesen deportistas de relleno o una cuota que el COI tiene que cumplir para alardear de solidaridad, pero algunos de ellos honran con su ejemplo el auténtico espíritu olímpico. En la primera serie de los 200 mariposa compitieron un sirio, un iraní, un jamaicano, un tailandés, un eslovaco y uno de las islas Seychelles. Ganó el sirio.

Ayman Kelzi tuvo la mala suerte de nacer en Alepo en 1993. Solía ir con sus padres a la piscina y desde pequeño le entró el gusanillo de la natación. Entrenaba con fruición, pero las cosas se empezaron a torcer en el año 2011, cuando la primavera árabe desembocó en una terrible y confusa guerra civil que todavía dura. Alepo, su ciudad natal, fue una de las más castigadas. Nadar entre bombas se había convertido en un oficio de riesgo, así que a los nueve años Ayman decidió coger el tren y trasladarse solo a la capital, Damasco, para participar en un campus de natación que iba a durar un mes. No pudo volver. La guerra se recrudeció y las comunicaciones con Alepo se cortaron. Estuvo cuatro años sin ver a sus padres. Ni siquiera podía hablar por teléfono con ellos. Alejado de su familia, decidió apretar los dientes y seguir entrenando.