Adriana, siempre nos quedará París

DEPORTES

MURAD SEZER | REUTERS

24 jul 2021 . Actualizado a las 19:16 h.

Los Juegos son un símbolo de unión. Por eso los aros olímpicos —no confundir con el logo de Audi— se abrazan unos a otros. Aunque en el Tokio de las PCR los aros, por seguridad y protocolo, son circunferencias que no se tocan.

Por un tema horario, estos Juegos unen más que nunca. Así, la España que madruga y la España que vuelve borracha a casa un viernes coinciden en armonía frente al televisor para criticar que Valverde haya corrido el Tour completo. O que se hiciese una apuesta tan clara por él. A toro pasado, claro. Porque el murciano tiene 41 años, pero había logrado generar ciertas expectativas de medalla. Bastante irreales, teniendo en cuenta que ha explotado una generación de jóvenes talentos como no se recuerda y que España lleva tres años sin ganar una etapa en Francia. Es duro. Más duro, si cabe, por el esfuerzo depositado a nivel personal por cada espectador. Es difícil gestionar la vida, elegir qué hacer, ante una carrera de bicicletas que empieza a las cuatro de la mañana y acaba a las once. Los 100 metros se corren en nueve segundos y dan margen para volver a la cama, el ciclismo no. El caso es que de ser una potencia ciclista, en el 2021 no se consiguió pasar del puesto 23.

Son ciclos. Mientras se espera a otro Valverde, ahora se despunta en otros deportes que eran territorio vedado y donde los asiáticos eran intocables. En Río fue el bádminton. Esos miles de euros en raquetas y plumas gastados por miles de padres con hijos en la ESO, de repente, tuvieron sentido. Y, ahora, es el taekuondo. Si hace dos días el país sería incapaz de pronunciar el nombre de Panipak Wongpattanakit, hoy sigue sin serlo. Está condenada a ser «la tailandesa». Pero no olvidamos. Desde este sábado, es la nueva Al-Ghandour.