La Superliga, el golpe al fútbol de unos ricos que exigen más privilegios


El fútbol, como lo entendimos durante las últimas décadas, ha muerto. El asesinato al modelo de éxito que suponía la convivencia entre las ligas nacionales convertidas en espectáculo televisivo y el gran show del campeonato europeo lo perpetran, en una pirueta bochornosa, los grandes dueños del negocio con una Superliga privada. Los clubes y empresas a los que mejor les va, en una espiral avariciosa vomitiva. En un ejercicio de cinismo lamentable, Florentino, Laporta, Cerezo y sus amigos pretenden acabar con el último bastión de la igualdad de oportunidades en lo que entendíamos que también era un deporte: el acceso a los torneos por méritos competitivos. Una casta jugará por decreto, con unos privilegios que no se sabe muy bien a qué obedecen, mientras que el resto, los nuevos parias del fútbol europeo, darán una falsa apariencia de diversidad y meritocracia a un tinglado que nace con las cartas marcadas.

¿En qué lugar quedan el Ajax, el Oporto, el Benfica...? ¿Ya no habrá cuentos de cenicienta que hicieron grandes las competiciones europeas, como el subversivo Deportivo que acarició una final de Champions, o el Celta que humilló a la Juve y aplastó al Benfica?

¿Por qué entonces este autogolpe de los poderosos contra el modelo actual? Porque aquí mandan ellos, sin injerencias, sin control económico ajeno, sin la molestia de jugar contra humildes. El modelo —además de proponer limosnas para las ligas nacionales y el fútbol femenino, todo conmovedor— también vende una falacia: a más ingresos, más estabilidad. El nuevo dinero que se genere terminará donde siempre, en los bolsillos de las superestrellas y los intermediarios. La alocada guerra por ganar e ingresar, ganar e ingresar, reproducirá los viejos errores y el endeudamiento que tiene contra las cuerdas a colosos como el Barcelona pese a haber disfrutado de estrellas que garantizaban ingresos mareantes.

¿Y los socios dónde quedan? Clubes como el Madrid y el Barcelona —con las puertas de la presidencia blindadas en el Bernabéu—, ya son los campeones del menosprecio a sus abonados, a quienes nadie les consultó la traición al viejo fútbol. Junto a Florentino merece un aplauso Agnelli, maestro de las intrigas en esta traición, hasta hace unas horas presidente de la ECA, supuesto defensor de la clase media-alta del fútbol. La que se pretende aniquilar para gloria de unos pocos. 

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