De Messi, un saque de esquina

La estrella del Barcelona completó un clásico discreto, como el del resto de veteranos azulgranas, empequeñecidos frente al empuje de la nueva hornada


Harto del bosque de piernas, la estrella buscó otras vistas; lejos del tumulto que embotelló sus pases y disparos. Ni siquiera los lanzamientos de falta desde la frontal, esa posición que había reconquistado esta temporada, salvaron la muralla de camino a portería. Ya en el semicírculo del rincón, por fin sin gente cerca, Messi apuntó a los tres palos. Su amenaza se consumió en un saque de esquina a un suspiro del descanso. El manotazo de Courtois puso fin al gesto de rebeldía del más lujoso estandarte de los viejos tiempos. No le funcionó al 10 el recurso del gol olímpico y si este verano cambia de equipo quedará a deber un clásico.

Este no se le acomodó ni por escenario ni por clima. Le obligó a enseñar ombligo para descargar los litros de agua que le incomodaban, atrapados en su camiseta, y a practicar el deporte al que da brillo en un estadio expuesto al viento. El Real Madrid recibió al Barcelona en Valdebebas y allí se desenvolvió mejor la próxima hornada azulgrana. Recién llegados del filial como Mingueza o Araujo sostuvieron con alfileres la zaga visitante, mientras Pedri dirigía a sus 18 años las maniobras de ataque para asaltar el liderato. Hasta la gran ocasión, la que habría dado alcance al Atlético y dejado atrás al conjunto blanco, contuvo el fervor adolescente de Ilaix Moriba.

Hace unos días, Klopp se quejaba por haber tenido que llevar al Liverpool a jugarse los cuartos de la Champions en un campo de entrenamiento. Allí fue también Messi a pelear por la Liga de la pandemia, sin público que recordara la enjundia del envite. Desprovisto de un socio que le hiciera de ariete, desesperado seguramente por la incapacidad de Dembelé para revolverse en espacios reducidos, el argentino chutó más que nadie. Siete intentos, ningún peligro. Tras el descanso, ya con Griezmann para la ejecución en el área, reculó unos metros para ganar perspectiva y poder mezclarse con sus habituales. Dio un par de veces con el de costumbre y así pudo el Barça recortar distancias. Con otro gol salido de la vocación de martillo de Jordi Alba. Un mirar al frente que no solo dio alegrías.

El lateral pinchó en el 1-0 por defender hacia adelante sin echar bien los cálculos, perdiendo el duelo con Valverde. La acción lo dejó tocado y hasta que le sirvió el descuento a Mingueza su actuación estuvo a la altura de la del resto de veteranos. Busquets, el tercer treintañero en el once, se fue a la hora de partido, vencido por el desgobierno en el que las acciones más peligrosas duraban dos o tres toques y discurrían en dirección a Ter Stegen. El lento avanzar azulgrana no sorprendía a nadie, ni siquiera a esa línea de contención sin Ramos ni Varane que aún perdería a Lucas Vázquez. Entre Casemiro, Nacho y Militao estrecharon el embudo y levantaron un cerco de muslos y pantorrillas solo invisible desde una esquina.

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