La pierna derecha de Tiger, reconstruida

Una compleja operación restaña las fracturas en la tibia, el peroné, el tobillo y el pie de Woods, que a sus 45 años afrontará el desafío de regresar a la élite con un cuerpo destrozado por contratiempos


«Me llamo Tiger».

Después de que su vehículo chocase contra una mediana, volase por los aires, cruzase dos carriles en sentido contrario y diese varias vueltas de campana en una carretera en Ranchos Palos Verdes, al sur de Los Ángeles (California), el deportista más dominante y global del siglo XXI comenzó su vuelta a la vida con lo más básico. Por su nombre. Consciente, aunque encajonado dentro del habitáculo de su todocamino de lujo, se identificó ante las preguntas del ayudante del sheriff, Carlos González, el primero en llegar al lugar del accidente. Después, fue excarcelado a través del hueco del parabrisas del Génesis GV80 por los bomberos con ayuda de material hidráulico. Con la pierna derecha completamente destrozada, no podía ni sostenerse en pie. Ya en el hospital, se sometió a una compleja intervención quirúrgica de seis horas. Ahí empezaba su regreso al golf. Los cirujanos recibieron una pierna derecha hecha añicos a nivel muscular y óseo, con fracturas abiertas de varios pequeños fragmentos en el tobillo, el pie, la tibia y el peroné. Dada la gravedad de las heridas, después de atajar el riesgo de que pudiese llegar incluso a perder la extremidad, el equipo médico del Harbor-UCLA Medical Center continuó la reconstrucción del cuerpo que cambió la historia del golf insertando una varilla en la tibia y estabilizando los huesos del tobillo y el pie con tornillos y clavos.

A sus 45 años, Tiger Woods, el adelantado que transformó el juego de golf en un deporte para atletas, sufre una desgracia que vuelve a poner a prueba su cuerpo. De niño sufrió la obsesión de su padre y consejero, Earl Woods, para endurecerlo durante entrenamientos al límite del maltrato psicológico y físico. De adolescente se machacó en sesiones de ejercicios inhumanos, y ya convertido en una estrella llevó su fijación a extremos peligrosos. Se escapaba a escondidas de su equipo de entrenadores para ejercitarse con los marines de los cuerpos especiales.

Woods construía un cuerpo hercúleo que al mismo tiempo iba destrozando. Sobre todo en su espalda, donde hace unas semanas se sometió a su quinta intervención quirúrgica, y su pierna izquierda, la que más sufre en el movimiento de rotación del swing, donde encadenó otras cinco operaciones. De hecho, construyó una de sus grandes obras en el US Open del 2008, que ganó lesionado después de cinco jornadas seguidas —la última, 18 hoyos completos de desempate— en Torrey Pines (San Diego). Desde entonces y hasta el milagro que protagonizó en abril del 2019 al ganar su quinto Masters de Augusta, su cuenta de grand slams se había detenido en 14. Porque su cuerpo ya no podía más. Por eso durante años se medicó para paliar un dolor que le mataba.

Aquel Masters ya fue un milagro. Con 43 años —tres más de la barrera simbólica del bajón de un golfista— se enfundó su quinta chaqueta verde. Woods no gana desde hace 16 meses, no compite desde diciembre, cuando participó en un evento con su hijo, y, cuando el martes sufrió el accidente, estaba de baja por su quinta operación de espalda sin fecha de regreso. Según los especialistas, no podrá jugar torneos hasta el verano, pero todo dependerá de un mito que vuelve a adentrarse, con la recuperación de su dramático accidente, en un terreno desconocido.

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