365 días de soledad en las gradas


Balaídos fue el primer campo del fútbol español en bajar la persiana al público. Hoy se cumple un año de aquel partido ante el Leganés al que asistieron algo más de 19.000 espectadores. Desde entonces, el Celta ha jugado 17 encuentros como local y todos ellos a puerta cerrada. La pandemia se ha llevado la vida de los estadios.

Un año después, nada invita a pensar en la vuelta paulatina de los aficionados, pero llaman la atención, y mucho, los guiños desde la patronal y desde algunos clubes. Los hay como el Celta, y no es el único, que incluso en su campaña de abonados hablaban de ventajas a la hora de adquirir entradas y asistir a los partidos el día que se abran los estadios, algo cada vez más improbable ante el ritmo de vacunación a paso de tortuga. Otros, incluso se plantearon abrir los palcos VIP. También en balde.

La idea de abrir sigue vigente en el ideario de la LFP, que primero situó el mes de enero como el más probable para el despegue y que a día de hoy todavía se resiste a tirar la toalla con respecto a esta temporada.

Pero la realidad apunta en otra dirección. Si en la competición europea ya hay equipos que tienen que jugar sus eliminatorias en campo neutral, poco se puede esperar del regreso del público. No resulta viable que sea mediante un test y tampoco sería conveniente una aglomeración, por pequeña que sea, en los aledaños del estadio.

Lo mejor para los clubes del fútbol profesional es asumir que este año no habrá ingresos por taquillas y que los dineros de las campañas de socios serán testimoniales. Dos argumentos, unidos al sentimental, que quizás sirvan para que la afición recupere su estatus en un mundo en donde cada vez pintaba menos. Cosas de la futura normalidad.

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