Pesca con o sin muerte

La Administración debe implicarse en recuperar la calidad del agua y la federación, colaborar desinteresadamente


Debió de ser alrededor de 1920 cuando un tal Donovan (Lee Wulf, según otros) se levantó de su cama dispuesto a hacer una frase que pasara a la posteridad y lo consiguió: «La trucha es demasiado bella para matarla». Para llegar a esta conclusión es de suponer que Donovan tuviese a su alcance un censo científico en el que apoyarse, porque a simple vista no es posible un análisis tan afinado, máxime cuando, por lo que parece ser, este movimiento se inicia en un río del tamaño del Yelowstone.

Veamos, cuando este señor considera que la presión ejercida por los pescadores es excesiva (imposible por contaminación en aquellos años), acuña dicha frase en busca de un consenso general, que al igual que aquí, tarda en llegar.

Nace el «péscala y suéltala»

Nace el Catch and Release en inglés, o el «péscala y suéltala» en español, que se cierra en todo su contenido con la aparición de los anzuelos sin muerte, que salva la vida de muchas truchas, toda vez que estas pueden ser devueltas al río sin ser manoseadas. ¿Acertada la medida? Pues no lo sé, porque tengo el convencimiento de que cada río no guarda en sus entrañas ni una trucha más de las que le permite tener su cadena alimentaria, independientemente de si se hubiesen pescado anteriormente muchas o pocas. Confirma mi razonamiento el hecho de que aquí, en Galicia, los ríos en los que se viene practicando el «péscala y suéltala» no han mejorado en nada a los tramos libres.

Poco éxito en los ochenta

Sobre la década de los ochenta nos llega la noticia. Fueron muy pocos los pescadores que consideraron positiva una medida de tal calibre que revolucionaba la idea de llevarse para la mesa de su casa un bocado tan exquisito, como resultado del esfuerzo y de los conocimientos de cada cual. Era muy difícil convencernos a los demás, porque la calidad demostrada hasta entonces en los ríos gallegos permitía reponer en la temporada siguiente, como si se tratase de una fuente inagotable, tantas truchas como se hubiesen pescado en la anterior. Una realidad respaldada por mi propia experiencia en cuarenta años, de los cincuenta a los noventa, a partir de los cuales es cuando la cosa comienza a complicarse.

La maldita contaminación

Y efectivamente había sido como una fuente inagotable hasta que un suceso inesperado, la contaminación, nos envolvió como una maldita niebla que llega hasta los rincones más recónditos para ir creciendo cada vez más y ya no volverse a retirar. Y que quede claro, que no se va a volver a retirar, y que solo entre todos unidos podemos amortiguar en parte tan tremendo golpe. Y aún teniendo éxito en nuestro empeño, será solo en parte porque la riqueza de antaño no se volverá a ver.

Me voy a permitir una anécdota, que espero que ayude a los más jóvenes a analizar la situación actual, ya que no tuvieron la fortuna de conocer como nosotros unos ríos en todo su esplendor.

El Tambre fue uno de los mejores ríos trucheros que yo pude haber conocido. (También muy abundante en reos, anguilas y bastante salmón, hasta la construcción de la presa Barrié de la Maza en 1958). En la caída de cualquiera de las presas de Brates o de Añá, en el coto de Puente Castro, entonces libre, un pescador experto de mosca podía llenar el cesto en una mañana, sin moverse más allá de cincuenta metros.

El regreso al Tambre

El pasado verano, tras más de diez años de ausencia, quise rememorar viejos tiempos. Mi primera parada la hice en Puente Boado. Se me cayó el alma a los pies. Aquello no podía ser cierto. El río tenía un aspecto tan deplorable que no se veía ni el fondo ni olía bien. Deseando con el alma que se tratase de un vertido ocasional, me trasladé río arriba para detenerme en un par de puentes más, que tristemente no hicieron más que confirmar la primera impresión: el río es una cloaca. Me marché desolado.

Desgraciadamente, este es el estado actual de la mayoría de nuestros ríos, enfermos unos y sin vida otros. Y ante tan triste realidad, todo lo que se nos ocurre es polemizar sobre si los anzuelos han de ser con o sin muerte. No es el momento.

Recuperar la calidad del agua

El momento es el de convencer a la Administración de que se implique de una vez en la recuperación de la calidad del agua de los ríos y sus riberas, que la federación colabore desinteresadamente sin pensar en nada más y que las sociedades deportivas dejen de mirar para sus ombligos, porque este es el único camino, porque por el que llevamos, en media docena de años no quedará ni una sola trucha para contarlo.

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