Redacción

A Susana Rodríguez Gacio, el covid le soprendió en Abu Dabi. Era febrero y la prueba mundial de paratriatlón a la que acudía se canceló. La pandemia ya estaba allí. El hotel en el que debía hospedarse estaba confinado tras el positivo de un equipo italiano en el Tour de Emiratos Árabes. Volvió a España el 5 de marzo. «Ya venía concienciada, en el hospital ya me ponía siempre la mascarilla, aunque aquí aún no éramos muy conscientes de la gravedad de lo que venía».

Gacio estará en los Juegos de Tokio, pero con un año de retraso. Desde septiembre entrena a jornada completa. Los meses previos compaginó esa preparación con su último año como residente en la especialidad de Medicina Física y Rehabilitación en el Clínico de Santiago. Por medio, el Sergas la destinó al servicio telefónico de atención a pacientes que sospechaban haber contraído el covid.

«Llamaba gente con síntomas y hacíamos el informe, valorábamos si pedíamos una PCR. Hablabas con familias que tenían a sus parientes en la uci luchando por sobrevivir. También hubo pacientes que evaluamos en persona. Era una conversación diaria con la angustia de la gente, cuando tú también tenías la tuya porque todo cada día iba a peor. Había muchísima angustia, especialmente en los trabajadores de servicios esenciales que convivían con mayores con patologías. Te llamaba la de la residencia, el del supermercado... la incertidumbre era muy grande. Y es muy difícil transmitir tranquilidad cuando sabes que está pasando algo realmente grave».

Su compañero de viaje diario entre Vigo y Santiago también se infectó. Ella quiere vacunarse.

Paula Esteiro destaca en el ámbito nacional en las carreras de obstáculos. Compagina la preparación con su labor como enfermera de hospitalización a domicilio en Cee. No dejó de realizar sus funciones ni durante el confinamiento. Visita a enfermos oncológicos, crónicos, en cuidados paliativos y a otros que por sus dolencias pueden seguir el tratamiento en sus casas. «Muchas familias tenían miedo a que nosotros les pudiéramos transmitir el covid. Se alejaban de ti, evitaban cualquier contacto. También nos encontramos el caso contrario. Familiares que te decían que no se ponían la mascarilla porque estaban en su casa. Tengo compañeros que también cuidan a sus familiares mayores y, psicológicamente, ese temor a contagiarse les pasó mucha factura».

A la marchadora canguesa Mar Chillón, el covid le sorprendió haciendo las prácticas en la unidad de Oncología del Álvaro Cunqueiro de Vigo. Tras decretarse el estado de alarma, la enviaron a casa y ahora prepara el mir: «Entonces había muchas más incertidumbres que certezas. Los pacientes estaban todos debiluchos, tratados con quimio, y había mucho temor por lo que se venía».

Juan Carlos Muñiz preside la Federación Gallega de Ciclismo y trabaja en una ambulancia medicalizada del 061 con base en el hospital de O Salnés, en Vilagarcía. «Si lo tuviera que resumir con una palabra, sería miedo. Entonces había dudas con todo, con los protocolos, con la limpieza, con la activación del coche, con cómo actuar cuando nos entraba un paciente con covid...».

Sin embargo, los positivos que entran en su ambulancia son más ahora que en marzo. «Vimos muchos más casos en esta segunda ola, raro es el día en el que no haya opción de contacto con un positivo. El mes pasado tuve varios compañeros contagiados, alguno que se infectó durante un servicio. No nos obsesionamos, pero para nosotros todo el mundo tiene el covid hasta que se demuestre lo contrario». Muñiz pide que no se baje la guardia, pese a la vacuna: «Se ve luz al final del túnel, pero el túnel va a ser largo».

En la comisaría de Pontevedra trabajan como agentes los palistas Tono Campos y Óscar Graña. «Me tocó hacer cumplir el decreto del estado de alarma y los controles de movilidad», recuerda Campos. Diego Romero, campeón del mundo de C2 maratón junto a Graña, ejerce como militar. «Trabajé en el equipo de la Operación Balmis. Estuvimos desinfectando residencias de ancianos, centros de día y módulos de prisiones». Romero resta importancia a su misión en primera línea de batalla: «Yo solo cumplía con mi deber».

«Perdí la cuenta, no sé a cuántas personas he visto morir allí», recuerda Cris Pérez

Cuando la pandemia detuvo la liga de fútbol sala, Cristina Pérez, jugadora del Burela, quiso ayudar. Se había diplomado en Enfermería, pero matiza: «Solo había hecho las prácticas, mi currículum era una hoja en blanco». Se ofreció primero al sistema público de salud vasco y después al madrileño. Acabó en el Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares. Allí dio el callo durante dos meses y medio.

«Tengo a una compañera mía, auxiliar de enfermería, que sigue trabajando en ese hospital —Cristina lo dejó cuando se reactivó la competición deportiva en Burela— y tiene a su madre ahora mismo ingresada en la uci. Estoy reviviendo todo aquello», recuerda la futbolista murciana. «Entraba en la normalidad las personas que veíamos morir todos los días. Se lo decía a mi familia luego. Ver morir a mucha gente al día era un turno normal. Te llegabas a acostumbrar a todo eso. Hay gente que a lo largo de su carrera puede contar las personas que han fallecido a su cargo en la planta de un hospital y en ese momento perdías la cuenta, yo no sé cuántas personas he visto morir allí».

La jugadora recuerda las vicisitudes por las que pasaron: «tuvimos muchos problemas con el material, trabajamos durante semanas con mascarillas que luego se comprobó que no servían realmente. Hubo muchos compañeros que se contagiaron, eso fue realmente triste. Yo tuve suerte». Cristina quiere retomar la enfermería cuando deje el deporte.

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