Diego era aún mejor que Maradona

Su cercanía, cariño y generosidad destacaban aun por encima de su fútbol


Pasan los años, pero las coincidencias que la vida te presenta no dejan de sorprender. Estaba yo el miércoles por la tarde leyendo con el móvil un escrito que hablaba de los valores, cuando una alerta de un medio de comunicación llamó mi atención. Había muerto Maradona. Me quedé paralizado y al momento se lo comenté a mi mujer: «Diego ha muerto». Acto seguido, el grupo de wasap que tenemos de excompañeros del Sevilla comenzó a echar humo. Y de esos mensajes extraigo una conclusión, que coincide con mi percepción: la mayoría destacamos su condición humana por encima de su fútbol. Y es que Diego era aún mejor que Maradona.

Personalmente, cuando llegó al Sevilla yo ya tenía asumido que venía uno de los más grandes futbolistas de la historia. Estaba preparado para ver sus genialidades sobre el verde. Y, por eso, lo que más me impactó fue su calidad humana.

Lo primero que me viene a la cabeza de él es su cercanía. Algo que debiera ser normal, pero que viniendo de un genio como él, lo convierte en un poco excepcional. Era una persona cercana y respetuosa con toda la gente que estaba en su día a día.

Desde el primer momento trató de conocer el nombre de todos aquellos con los que se cruzaba a diario, ocuparan el puesto que ocuparan en el club. Llamaba a todo el mundo por su nombre, algo que lo dignifica.

Para nosotros, su llegada supuso todo un premio. Íbamos a compartir vestuario con una leyenda. Eramos compañeros, sí. Pero también lo admirábamos. Por eso, no parábamos de bombardearlo a preguntas. Nunca rehuyó ninguna. Al contrario, se abría como poca gente sería capaz de abrirse.

Recuerdo que nos decía: «Yo soy consciente de que he cometido un error y, como os tengo cariño, os lo cuento para que no caigáis en ese mismo error que yo». Cuando escuchas decir eso a alguien así, te impacta. Mucho, además.

Esa forma de ser y esa sinceridad con las que se mostraba provocaron que, después de ese año yo pudiera comprender y empatizar más con sus acciones. No quiero decir que estuviese de acuerdo con muchas de las cosas que hacía o que decía, pero me di cuenta de que ser el número 1 era muy difícil y podía llevar a cometer errores. En general, pienso que a veces enjuiciamos a la gente sin conocerla y eso nos lleva a equivocarnos. Con Diego, insisto que sin justificar muchos de sus actos, creo que pasó un poco. Se le juzgó demasiado sin conocerlo.

Era un tipo cercano, cariñoso y espléndido. No se puede la gente ni imaginar hasta dónde llegaba su generosidad. Quizá haya quien piense que era desprendido porque tenía mucho dinero. Pero yo conocí gente también con muchísimo dinero, que no soltaba absolutamente nada. Sobre este aspecto podría contar mil anécdotas, porque siempre dio todo lo que tenía.

Recuerdo un día que vio que Monchi llevaba un Trolex —relojes imitación de los Rolex—. Se le quedó mirando y le preguntó cómo usaba aquel reloj. Monchi le respondió que los Rolex eran muy caros. A los cuatro días le apareció con uno verdadero y se lo regaló. En otra ocasión —estamos hablando del año 1992 cuando en España casi nadie jugaba al pádel—, él preguntó si había alguna pista en Sevilla. Le indiqué que sí y fuimos tres compañeros y él a jugar. Era mi primera experiencia. Un mes después, al regresar de un viaje a Argentina, nos trajo a cada uno una pala. La mejor que se comercializaba en ese momento.

No eran excepciones. Era el proceder diario de un hombre que vivió sesenta años con la misma velocidad con la que driblaba a sus rivales. Una vida llena de muchos momentos de disfrute, pero también de sufrimiento. Y, sobre todo, una vida llena de fútbol, amor y calidad humana. Descansa Diego.

Una leyenda que contribuyó a unir y proteger un vestuario en el que era uno más

La llegada de Diego al Sevilla supuso, como no podía ser de otra manera, un revuelo a todos los niveles. Muchos focos nos apuntaron durante esa temporada. Adonde íbamos, grandes recepciones de aficionados. Lo que generaba Maradona era para todos algo bastante novedoso.

Pero lejos de vivir en su mundo, él se integró desde el primer día en el vestuario. Consiguió generar un grupo muy unido. Lo hizo demostrando cercanía e implicación. Cuando surgían dudas, mirabas para Diego y veías cómo él defendía las situaciones con una confianza y seguridad que te contagiabas.

Con él, el Sevilla fue un equipo que podía jugar mejor o peor, pero en el que íbamos todos a una. Y eso lo generaron los dos: Diego y Carlos Salvador Bilardo, nuestro entrenador. No sé si su objetivo era protegernos o, simplemente, decir: Ojo, que aquí estamos nosotros, venimos todos juntos y vamos a pelear por esto. Pero lo cierto es que exhibieron una enorme capacidad para generar un colectivo.

Tras esta experiencia en el Sevilla, mantuve durante algunos años contacto con él. Luego, como sucede a veces, con la distancia vas perdiendo el trato. Pero me sorprendió y me hizo mucha ilusión cuando tiempo después, estaba yo en el Barcelona como entrenador de porteros y vino allí. Se acordaba de mí y rápido me vino y me dijo: «¿Cómo te va golerito?». Diego seguía siendo ese compañero cercano.

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