Cada vez que juego al euromillón planeo minuciosamente qué voy a hacer con el dinero. Cientos de padres —suelen ser ellos— fantasean con que su hijo, su sobrino o el vecino, que le pega bien al balón y que el insoportable de su padre te debe un favor, te saquen de pobre. Por suerte, yo no defraudé a nadie cuando me di cuenta que era demasiado malo. Para un adolescente es duro reconocer que la mayoría de sus compañeros son mejores que él jugando al fútbol, que sigue siendo un escalón de estatus social en el colegio. Piño, nuestro entrenador, me sacó del armario al descanso de un partido. Contra el Ural, creo. «A él no le puedo exigir más —dijo señalándome—, pero a vosotros...». Fue como depilarse con cera las ingles del alma.

Con su chándal azul eléctrico combinado con sus Adidas Copa Mundial, se decía que había jugado en el Dépor, que un coche —la historia evolucionó y pronto se convirtió en camión— le había pisado un pie y por eso tenía ese andar castigado. Creíamos que no se daba cuenta cuando la primera vuelta al campo la empezábamos 22 y, al pasar la curva tras los árboles, quedaban la mitad corriendo.

Piño no buscaba futuras estrellas. No era de esos. Con el fútbol, pasábamos el rato. Él entrenaba futuros hosteleros, dentistas y periodistas. Profesiones más terrenales y que pagan más facturas. Sin quererlo, nos enseñó que el fútbol es así, pero que la vida también. Años después, lo vi de americana en el rectorado de la universidad, donde trabajaba antes de meterle horas extra domando preadolescentes. Estaba raro sin el silbato al cuello.

En lo deportivo, llegamos a un par de finales y campeonamos un invierno. Chupó frío y lluvia y solo le dimos un fútbol pésimo. Pero nos marcó y, de haber podido, le hubiésemos llevado a la final de la Champions.

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A José Antonio Vilariño Bruzos, «Piño»