Nadal ajusta cuentas con Scwartzman y jugará la final de Roland Garros

Somete con solvencia al argentino, con el que había perdido en Roma, y peleará el domingo por su decimotercer título en París, uno de los registros más increíbles de la historia del deporte


Diego Schwarzman vive el otoño de su vida. Mientras que otros se han encogido con las incomodidades de la pandemia, el argentino, apodado El Peque, acostumbrado a remar contracorriente desde sus escasos 1,70 metros de altura, describe el mejor mes de su vida. Por eso alcanzó la final de Roma dejando por el camino a Rafa Nadal, y por eso se plantó en semifinales en París después de ganar al otro gran tenista de tierra del último lustro, Dominic Thiem. Venció al suizo en cuartos en un partido de los de cinco sets de los que sirven para propiciar un clic. Pero la lógica del tenis no funciona con Nadal. No habrá otro jugador que se acerque nunca más al ideal de la invencibilidad que el español cuando pone un pie en Roland Garros. En su partido 101 firmó su victoria número 99 en el Bois de Boulogne. Números de ciencia ficción para un tenista de dibujos animados. La victoria sobre el argentino tuvo un punto de trámite y un sobresalto final. Fue cayendo con una insultante rutina, hasta imponerse el de siempre por 6-3, 6-3 y 7-6 (0). Este domingo disputará la final, por su decimotercera Copa de los Mosqueteros, con el ganador del partido entre Novak Djokovic y Stefanos Tsitsipas. Si gana, sumará 20 grand slams, e igualará el récord de Roger Federer.

Schwartzman tiene un problema ya antes de entrar a la pista. Aunque su tenis se acerca estos días al sobresaliente, incluso así no resulta superior al de Nadal en ningún aspecto. Aunque salta a la Philippe Chatrier con la confianza de su reciente victoria en Roma, muy pronto se da cuenta de lo que tiene enfrente. El primer juego da un par de pistas. El argentino fabrica su primera bola de break después de un intercambio de 28 golpes, y la segunda tras una sutil dejada de revés —un recurso del que abusará en la primera parte de la semifinal—. Ritmo y variaciones. Por ahí camina la propuesta de Schwartzman, que no le alcanza ni para ganar ese primer juego de 14 minutos ni para incomodar al eterno campeón de París.

El 6-3 se resuelve en un set algo descosido, que el campeón solventa en momentos clave con la agresividad de su derecha y un servicio eficaz bajo presión. Nadal llega a conceder cuatro bolas de break, pero solo pierde una de ellas y termina imponiendo un equilibrio de libro entre los riesgos y las recompensas en la primera manga: 16 ganadores por 11 errores no forzados, frente al 6/15 de su rival. Una subida a la red por aquí, una dejada de derecha por allá y Schwartzman va descolocándose, perdiendo su sitio en la inmensa pista central de Roland Garros, ahora prácticamente vacía, el estadio donde Nadal podría jugar hasta con los ojos cerrados.

Con el marcador en contra, Schwartzman se pierde en demasiados errores. Ya no remite al jugador fiable del último mes, sino que parece uno más en la lista de 99 victorias del vigente campeón. Nadal se adelanta muy pronto. Juega con la tranquilidad del marcador, no encuentra enfrente un jugador grande y agresivo como el Jannik Sinner de los cuartos de final y le basta con su velocidad de crucero. Cuando completa otro 6-3 y se adelanta por 1-0 en el tercer set, el desglose de golpes ganadores da una pista sobre el estacazo con el que marca diferencias: 15 winners nacían en aquel momento en su derecha, cuatro en el revés, tres en su servicio y otros cinco habían sido conectados en la red.

Nadal concede a Schwartzman un respiro con el que no contaba en el tercer set. Mandaba por 4-2 y servicio cuando le regaló una vida al argentino por un par de errores de los que apenas comete. El Peque se lo creyó, consiguió terminar más y más puntos en la red y llegó a restar con 5-5 y 15-40. Del lío salió Nadal con tres derechas ganadoras seguidas, cada una a un rincón diferente de la pista. Ganó su servicio para el 6-5, sufrió la resistencia del rival con su servicio y se fue al tie-break con la tranquilidad de quien domina los desempates como nadie en el circuito. Un 7-0 cerró la semifinal. 14 veces jugó la penúltima ronda, en la que no se le conocen derrotas. 

«Después de un año tan difícil, esta final significa mucho para mí»

Cuando el tenis empezaba a resetearse tras el parón de la pandemia, Rafa Nadal apostó por Roland Garros, por su torneo de confianza. Renunció a jugar el US Open y redujo su rodaje camino de París a un solo torneo en Roma. Así que plantarse ahora en la final, aunque parezca una rutina, encierra una satisfacción interna para el 12 veces campeón. «Después de un año tan difícil y pasar seis meses sin competir, jugar una nueva final significa mucho para mí», resume el español.

Nadal ha intentado no quejarse o pensar en los condicionantes externos que esta vez complicaban su puesta en escena en París, como las nuevas bolas, más pesadas, o el tiempo, más fresco, factores que no potenciaban su tenis de efectos. «Me gustan las condiciones con un bote de bola un poco más vivo, si la pelota ayuda a que mis golpes dañen más al vial y que tengan más problemas para atacarme. Pero, aunque las condiciones no sean perfectas, por mi parte no va a quedar un día de mala actitud, una queja ni nada... Voy a hacer todo lo que me ayude a darme oportunidaes de éxito», matizó el español, que insistió en dar valor a su presencia en el partido decisivo: «Jugar una final de Roland Garros siempre es un resutlado muy postivo. Aunque, después de tantos éxitos aquí, parece que, si no ganas, se queda en poco. Pero como jugador sé la dificultad que tiene estar en otra final. A nivel interno es muy importante».

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