El torneo empieza ahora para Rafa Nadal


ada año a finales de junio, Rafa Nadal llega a Wimbledon y se tensa de cara a los primeros partidos sobre el verde. Mientras la hierba aguanta con solo un cierto desgaste y sus automatismos no se adaptan definitivamente a la superficie que en teoría debería resultar más hostil para su estilo de juego, aumenta el peligro de una derrota. Conforme avanzan los partidos en Wimbledon, por paradójico que parezca, suele aumentar su fiabilidad, aunque enfrente también crezca el nivel de sus rivales.

En este otoño extraño de la pandemia, Roland Garros entrañaba un peligro parecido para Nadal. Las nuevas bolas menos sensibles a sus efectos, la pérdida de algunas de sus habituales rutinas para permanecer en la burbuja que marca la organización, la ausencia de público, el tiempo desapacible que enfría las bolas y modera el bote endiablado de la derecha que el mallorquín enrosca como no hace nadie... Hasta el viento, que Nadal gestiona gracias a la fiabilidad de su propuesta, jugando con márgenes de error, desaparece ahora cuando la pista central se cierra. El torneo comenzaba con demasiados cambios e incertidumbres.

Consumida la primera semana de Roland Garros, Nadal parece cómodo sobre la pista, gobierna los partidos y ha ido rodándose después de una justísima preparación de solo tres partidos en Roma tras nueve meses sin competir. No ha cedido un set, no ha pasado apuros, ni ha tenido rival. Pero -y aquí terminan las buenas noticias-, tampoco tuvo jugadores de fuste enfrente.

En realidad es como si Roland Garros comenzase ahora para el eterno favorito. Nadal llega fino a los tres últimos partidos, pero Gerasimov, McDonald, Travaglia y Korda no pasan de momento de simples figurantes. El camino se empina ahora, primero con el verdugo del alemán Alexander Zverev, el italiano Jannik Sinner, cuyo principal crédito radica en la victoria de prestigio de ayer ante un fenómeno con demasiados altibajos para su talento. Después se enfrentaría, en teoría, con dos rivales de máxima exigencia: en unas hipotéticas semifinales con Thiem, fino como actual ganador del US Open y con hechuras de especialista en tierra después de dos finales en París, y Djokovic en la final de nunca acabar.

Nadal arrasa, a jugadores de segunda fila, y llega fresco y fino al Roland Garros de verdad. Las bolas parecen botar como las de antes, el frío apenas se nota en una pista de gradas desiertas y las incomodidades de la burbuja se van llevando. La rutina llevaría ahora al decimotercer título, pero el torneo en realidad todavía no empezó para el campeón.

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