Roglic gana la primera etapa en alto y Alaphilippe sigue líder

El esloveno domina al sprint en la cima de Orcieres-Merlette, con Landa y los otros candidatos a rueda salvo Carapaz

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Colpisa

El primer final en alto no le quitó las mascarillas al Tour. La subida a Orcieres-Merlette tiene más leyenda que rampas. No separó a los favoritos, salvo al ecuatoriano Carapaz, ganador del pasado Giro, que perdió medio minuto. Las fuerzas de cada uno todavía siguen ocultas. Aunque sí que se vio por el ojo de la cerradura de esta montaña que Bernal aún no es el que ganó la pasada edición. Su equipo, el Ineos, trató de ralentizar el ritmo para protegerle a él y a Carapaz, que cedía. Mala señal. Tuvieron que ir hasta la meta al paso del Jumbo, la escuadra de Roglic. Al esloveno nadie le sostiene la mirada en un final así. Sprint cuesta arriba. Remató el trabajo de su fiel Kuss y levantó los brazos. Ya tiene la primera victoria, que también es psicológica. Orcieres-Merlette le guiñó el ojo. «He vuelto. No estoy al cien por cien, pero ya voy olvidando la caída en del Dauphiné», dijo. Y desveló que le duele el cuello, la zona cervical, dañada de niño en un curso escolar. Eso no le impidió arrollar con la pancarta a la vista. Roglic, como la gran mayoría, sigue escondiéndose tras la máscara. Entró el primero, pero al mirar por el retrovisor vio que todavía le siguen todos, Pogacar, Martin, Quintana, el líder Alaphilippe, López, Bernal, Pinot, su compañero Dumoulin y Mikel Landa, que ya no se acordaba de sus costillas doloridas. «Estoy contento. Respiro bien», dijo el alavés. Y queda todo el Tour por respirar. Tiempo de sobra para apartar las mascarillas y ver quiénes son de verdad los candidatos. Ni siquiera los que perdieron unos metros como Buchmann y Enric Mas -entraron a 9 segundos- desaparecen del escaparate. Quedan casi tres semanas arrastrando las piernas y el dorsal. El Tour. «Era un día para ciclistas explosivos como Roglic y Pogacar. Bernal es más de fondo», apuntó Landa, otro fondista. Cierto. No era un recorrido para el exterminio, pero sí más exigente de lo que advertía el libro de ruta. De Sisteron a la cima de Orcieres-Merlette, a 1.850 metros de altitud, había un largo desfiladero. En la puerta de entrada ya se largaron Politt, Vuillermoz, Nelilands, Benoot, Pacher y Burgaudeau. La fuga de cada día. Y como casi siempre pedalearon hacia ninguna parte. Alaphilippe, líder firme Alaphilippe, el líder, alineó a sus gregarios más fornidos al frente del pelotón. No va a regalar nada. Su temperamento se lo impide y el ciclismo lo agradece. «El maillot amarillo se respeta», proclama. Lo defenderá, como en 2019, a muerte. «Siempre quiero más», avisó el mosquetero galo en la salida. Las cadenas están para romperlas. Nadie apostaba por Alaphilippe como ganador en el pasado Tour. Todos acertaron. Se le vinieron encima los Alpes. ¿Quién apuesta ahora por él? El propio Alaphilippe. «Salgo a disfrutar de cada día», propone. Sin metas ni límites. Su equipo, el Deceuninck, no tiene ni de lejos la talla en la montaña del Ineos de Bernal y el Jumbo de Roglic. Tendrá que arreglarse solo y, lo más probable, caerá. Pero, mientras, se aferrará al maillot amarillo hasta con los dientes. Alaphilippe es de los que se amotinan incluso contra el destino.

El impulso de su equipo sepultó al último fugado, Neilands, cuando a esta etapa que siempre miró hacia arriba ya sólo le quedaba subir a Orcieres-Merlette. Al Tour le sobran los recuerdos. Aquí, en 1989, se fijó la ronda gala por primera vez en un tal Miguel Induráin, tercero en aquella cronoescalada tras Rooks y Marino Lejarreta. Y, sobre todo, aquí en 1971 demostró Luis Ocaña, hidalgo castellano, que Eddy Merckx era humano y padecía. Sólo había que atreverse a sacudirse el yugo. Atreverse. Vivir de pie o morir de rodillas. Ocaña supo elegir y montó una carnicería desde la salida. Aunque el escenario era el mismo, nada tenía que ver. De aquel ciclismo suicida y audaz quedan los recuerdos. Los candidatos a este Tour buscaron refugio en el pelotón. Bien abastecidos de gregarios. Cuesta tirar la primera piedra. Y más cuando Van Aert, el búfalo del Jumbo, fija el compás. «El ritmo era tan alto que no te deja margen», explicó Landa. La cuesta no daba para más. Aunque sí dejó un detalle. Cuando Van Aert se apartó, el Ineos ocupó el frente con Kwiatkowski y Castroviejo. De inmediato, el ritmo bajó. La velocidad es la unidad de medida del termómetro del ciclismo. Estaba claro: Bernal no estaba en su mejor día y la otra carta del conjunto británico, Carapaz, venía descolgado. Sangre a la vista. Bajo un cielo pacífico, el Jumbo inició una guerra que, lástima para ellos, ya sólo podía durar un par de kilómetros. Roglic no aleja a Bernal Kuss, el escalador estadounidense de Durango, puso los corazones a latir en las gargantas. Ató a todos, a Alaphlippe, que no pudo ni moverse en un final a su medida, y también al francés Guillaume Martín, que quiso buscar una rendija para sortear la valla levantada por el Jumbo. Ni él ni nadie pudo con la arrancada en el sprint de Roglic, que recogió el premio al control del Jumbo. El ciclista esloveno era esquiador y aquí, en Orcieres-Merlette, a eso se dedican en invierno. De resolver el Tour y saber quién se esconde detrás de la mascarilla del más fuerte ya se ocuparán otras montañas con menos historia y más rampas. A Roglic ahora le duele el cuello. Quizá en los Alpes, en la tercera semana, le duela no haber ajusticiado a Bernal y a Carapaz en el inicio de este Tour enmascarado.

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