A mí también me gustaba Johan Cruyff

DEPORTES

Domenech Castelló

17 jul 2020 . Actualizado a las 20:34 h.

Quique Setién dijo un día que Johan Cruyff era su ídolo. Bartomeu picó el anzuelo y se cargó a Valverde. Entonces, llamó a la puerta de Setién. Ni en sus mejores sueños podía imaginar el técnico que algún día se sentaría en el banquillo del Camp Nou como local. Claro, pensaría él, si Gerardo Tata Martino entrenó un año al Barça, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo? Y el tren, incomprensiblemente, pasó por su puerta. El cántabro se subió sin saber en qué estación iba a pararse el vagón en el que también iba Éder Sarabia. ¿Quién es Sarabia?

El tren se detuvo, para desgracia del barcelonismo, en el Camp Nou. Justo ese día, en el que Setién firmó su contrato, el Barça se despidió de la Liga. Pero eso no es lo más grave. Messi, una vez más, avisa con tiempo del terremoto que se avecina: «Así nos va a eliminar el Nápoles». Razón tiene el astro argentino. Con Setién y Sarabia en la banda, el Barça no estará en Lisboa. Será el equipo italiano quien se clasifique para la fase final de la Champions. Con el ritmo que le pone el Barcelona a sus partidos, el Nápoles parecerá en el Camp Nou un auténtico misil.

El Barça juega sin ganas, sin ambición. Marea el balón y se marean los propios futbolistas con tanta posesión inútil y cientos de pases horizontales. No hay intensidad, los futbolistas no miran ni una sola vez a la banda. El banquillo está mudo, casi desde el primer día. Las estrellas se apartan de Setién y de Sarabia en cada pausa de hidratación. No existe ni la más mínima comunicación. El discurso del técnico nunca llegó a los jugadores. Desde el primer día se vio un equipo triste, sin chispa, incapaz de sorprender. Un equipo con miles de toques, pero sin velocidad y sin verticalidad.