Teresa Martínez: «Lloré de rabia por el machismo»

Llegó por casualidad a un deporte dominado por hombres y se quedó más de 30 años


En el momento idóneo en el lugar adecuado. Así resume Teresa Martínez (A Coruña, 1964) su inclusión en el arbitraje. Treinta y un años de profesión que le sirvieron para convertirse en pionera, en la primera mujer árbitro nacional e internacional de hockey sobre patines. Un mundo que hace tres décadas estaba dominado por hombres, pero en el que supo hacerse su hueco.

—¿Alguna vez había pensado en ser árbitro de hockey sobre patines?

—Siempre me gustó mucho el deporte. Me empezó a gustar el hockey y me enganché. Entonces surgió un curso de entrenadores y me apunté. Era el año 84 y las chicas en el hockey no existían. Ni había ligas ni niñas en los equipos. Era únicamente masculino. Empecé entrenando en la Compañía de María. A los dos años, la Federación sacó un curso de árbitros y me apunté para saber bien el reglamento. El curso lo hice muy bien, y la federación me animó a que arbitrase. Nunca me había imaginado y menos en hockey. Al principio, compatibilizaba ser entrenadora con el arbitraje, pero las cosas me fueron bien y me propusieron para arbitrar en nacional y luego internacional. Fue un poco por casualidad.

—¿Alguna vez se dijo: «¡Cómo pude haber pitado esto!»?

—Cuando estás arbitrando eres consciente de si las cosas te están saliendo bien o mal. No por la reacción de los jugadores ni del público, pero sí es cierto que a veces he cometido un error y en el momento he pitado convencida o he dejado de pitar algo y luego eso me quedaba en la cabeza, o por alguna reacción me decía: aquí metí la pata. A veces, al terminar consultaba el reglamento, pero ahí tampoco venía todo lo que te puede suceder en un partido. En esos casos tienes que, según tu criterio, decidir qué haces. Además, el hockey es un deporte rapidísimo. El silbato lo tienes que llevar en la boca siempre, hay que tomar decisiones muy deprisa. A veces, pitas y en el momento te dices: «Pero para qué lo habré pitado». Pero es que todo pasa en un segundo. Esto forma parte del arbitraje. Si actúas con honestidad pues habrá cosas en las que te equivocarás, pero eso ocurre en todos los ámbitos. No es un consuelo, porque si metes la pata el equipo al que has perjudicado te lo va a estar recordando, pero nadie es perfecto.

—¿Cuál ha sido su mejor y su peor momento como árbitro?

—Son muchos. Pero hay un momento. Un partido de Champions entre Oporto y Benfica, que es como un Madrid-Barça de fútbol. Fui yo sola, porque antes solo había un árbitro en pista. Ahora es muy cómodo, porque estás con un compañero, llevas pinganillo y hablas con el de pista y el de la mesa. Antes no, ibas sola y al de la mesa no lo conocías de nada. No tenías ningún apoyo. Entonces pité ese partido, el encuentro fue trepidante y acabó 5-5. Salí contenta. Al día siguiente, el presidente del Oporto dio unas declaraciones en la prensa, donde decía que todos los árbitros debían ser mujeres porque después de ver mi arbitraje, —y eso que había empatado con su máximo rival—, veía que había sido mucho más honrado. Eso no debió de sentar muy bien en Portugal, pero si después de haber empatado hace este comentario pues, qué quieres, me gustó.

—¿Ha vivido muchas situaciones machistas?

—Machistas cincuenta mil. Pero como nunca me propuse ascender en mi carrera y todo lo que me fue llegando me lo fui tomando como un premio, no me importaba. Fui pionera porque me tocó pero no soy la típica feminista. Sí que a veces no me han dado cosas por el hecho de ser mujer y eso duele. Desde compañeros que no querían ni siquiera hacer las pruebas físicas conmigo. Hasta competiciones a las que no me han dejado ir por ser mujer. Como a la Copa del Rey, que no me dejaron con un argumento que me dio la risa. Me dijeron que no podía ir porque me tenían que poner una habitación individual en el hotel y que salía más caro. Me dolía pero nunca salí dando quejas en ningún sitio. En ese sentido tuve muchas trabas. Lloré de rabia por ese machismo, porque me fastidiaba, ya que me hacía ilusión pitar. No protestaba porque no es mi manera de ser.

—¿Cómo llevó la retirada?

—Me obligó a retirarme la edad. El límite a nivel nacional son los 48 años y si arbitras a nivel internacional te dejan hasta los 52. Nunca me había planteado el decir voy a estar hasta una edad concreta pero cuando llegó el momento realmente me dio pena. Ese último año tuve unos sentimientos extraños porque ya sabía que estaba en los últimos partidos. Ya tenía claro que era la última vez. Lo viví de otra manera. A nivel arbitral, disfruté como todos los años, pero las sensaciones si fueron distintas. Me decía, que estaba haciendo cosas que no volvería a hacer. Al final fueron muchos años, pero tampoco me causó ningún trauma. Yo pensaba: «Ahora tendré más tiempo los fines de semana, pero qué va, ahora los tengo ocupados igual».

En corto

Una pionera en el arbitraje y el alma del Hockey Club Borbolla, donde ahora gestiona las categorías inferiores.

—Una película.

—Cinema Paradiso.

—Un objetivo a corto plazo.

—Suena un poco raro pero, que volvamos a tener la vida que teníamos antes del 13 de marzo, antes del confinamiento.

—Un sueño por cumplir.

—Asentar al equipo en la Ok Liga Femenina. Igual que fue mi obsesión que estuviera ahí, que se mantenga.

—Su comida favorita.

—Los huevos encapotados que hace mi madre, que es mi comida de cumpleaños.

—Un lugar para perderse.

—La playa de Canabal o la costa del Seixo Branco en Oleiros. Siempre paso los veranos allí y cuando nadie la conocía teníamos la cala para nosotros solos. Ahora hay demasiada gente.

—Un ídolo.

—De pequeña me gustaba Carl Lewis, pero ahora los jóvenes no lo conocen. Cuando era joven me gustaba mucho. Ahora admiro un montón a Rafa Nadal.

—¿Cantante favorita?

—Tina Turner. Pocas personas lo saben pero cuando empecé a arbitrar siempre antes de los partidos la escuchaba. Ya cuando venían compañeros dejé de hacerlo por respeto a ellos.

—¿Le han insultado mucho?.

—Sí. Los peores insultos, los de las mujeres, eran los que más me dolían. Pero cuando llegaba a la pista y un hombre me gritaba pues yo pensaba: «Estoy haciendo una labor social, porque luego llegará a su casa desahogado». No sé si fue mucho, pero nunca sentí miedo en una pista.

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