El ajedrecista que sucumbió a Kasparov y a Bebeto

Javier Peña jugó a los 12 años en Vigo contra el ogro de Bakú antes de cambiar el ajedrez por la fidelidad al Dépor de Arsenio Iglesias


Si un aficionado se enfrenta a un gran maestro en una partida de ajedrez, lo normal es que el jugador amateur salga vapuleado. Especialmente si el profesional es Garri Kasparov y el aspirante tiene 12 años. Esta escena, con final previsible, se produjo en Vigo en 1991. La víctima del ogro de Bakú, el escritor coruñés Javier Peña, tiene ahora 41 años y la cuarentena le ha vuelto a aproximar al ajedrez, un deporte con el que cortó relaciones en 1993.

Buscando, acabó dando con los recortes de aquella época de La Voz de Galicia, que contaban la visita del jugador ruso acompañándola de su foto junto a Kasparov durante una de las partidas simultáneas.

«Yo tenía 12 años y Kasparov estaba en su momento álgido. Llevaba seis años de campeón del mundo, era el mejor y también se le consideraba el mejor de la historia. A esa edad no eres consciente de que estás jugando contra uno de lo iconos del deporte del siglo XX», recuerda con la rabia de no haber sido capaz de valorar entonces la trascendencia de una partida así.

Javier le duró 27 jugadas. Una miniatura. Era un niño, pero se le da bien recordar: «Éramos como 30 o 40 ajedrecistas, desde muy veteranos a tres o cuatro chavales. Yo había jugado una competición que se llamaba El peón de oro y había quedado segundo. Creo que me llamaron por eso. Eran partidas simultáneas y yo estaba más o menos en una de las mesas del centro. Recuerdo su velocidad. Llegaba, hacía la jugada y se iba mientras silbaba canciones rusas. Era una de cierta soberbia. Te minaba haciéndote entender que eras pan comido».

Javier aún tiene presente hasta su jugada. Trató de usar una defensa india de rey. Lo que no sabía es que esa misma defensa era entonces una de las especialidades de Kasparov. Como si el maestro necesitase puente de plata. «Alguien podría haberme avisado», comenta entre risas Javier y recordando que hubo otro jugador de quince años, David Rodríguez Miguens, que logró arrancarle unas tablas.

Pese a que las crónicas le catalogaban de promesa, Javier acabó dejando el ajedrez en 1993. Era el momento de dar el salto al profesionalismo y no creía ser lo suficientemente bueno. Influyó también el salto al instituto y el tener que pasar los veranos entrenando. Pero insiste en otro factor clave. «Ese año fue el año de Bebeto y me hice por primera vez socio. Sigo siéndolo 27 años después. Nos estábamos jugando la Liga, el año del Superdépor y yo estaba jugando en Cariño una partida que ni me iba ni me venía», recuerda.

Javier no llegó a gran maestro, pero al menos pudo ver levantar una Liga a su equipo.

Un «Irureta» que enfadó a Azmaiparashvili

Javier, licenciado en periodismo, sabe que jugar con Kasparov tiene más prensa. Sin embargo, él recuerda como su gran partida la que jugó contra Zurab Azmaiparashvili —entonces número 12 del mundo— en un Teresa Herrera.

El georgiano, seducido por el premio de 300.000 pesetas, acudió a la invitación. Y le tocó en primera ronda Javier. «Yo tenía 14 años. No era un gran jugador de ajedrez, pero sí bastante guerrero. Un Irureta, muy defensivo y esperando a que el otro se equivoque. Él pensaba que me iba a ganar en media hora», comenta. El maestro, con un cabreo notable según Javier, ganó varias horas después. Su enfado es, 27 años después, «su pequeño orgullo».

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