Aíto García Reneses: «La NBA es más márketing que baloncesto, pero a la gente le gusta»

A sus 73 años sigue al pie del cañón, al frente de un Alba Berlín, que ha recuperado protagonismo no solo en Alemania, sino en Europa. Sigue con ilusión y las ideas tan claras como hace cuarenta años, cuando empezó a entrenar. Sus mensajes son palabra de entrenador


Una plata olímpica, un bronce continental de selecciones, una Recopa, 2 Koracs, 9 Ligas, 5 Copas del Rey... Solo Antonio Díaz Miguel, Pedro Ferrándiz y Lolo Sainz lo superan. Alejandro García Reneses, Aíto, (Madrid, 1946) es historia viva del baloncesto español. Pasado glorioso. Presente activo. Y futuro por descubrir. Porque a sus 73 años mantiene la ilusión de seguir entrenando. «Mientras no la pierda y tenga trabajo, seguiré», anticipa.

Vive en Berlín, adonde emigró hace dos años para entrenar por primera vez en su vida en el extranjero. Está al frente del Alba de Berlín, club que llevaba años de sequía y al que consiguió meter en una final europea. Y desde la atalaya que le brinda su vasto palmarés analiza la situación actual del baloncesto mundial y cómo mejorarlo. Su discurso no es el de un entrenador más. Es palabra de Aíto, que en el mundo del deporte de la canasta es tanto como dogma de fe.

—Antonio Díaz Miguel, Lolo Sainz, Pedro Ferrándiz y Aíto García Reneses. Vaya mesa de mus.

—La verdad es que estar ahí es un lujo. Ya no por sus logros, sino por lo que para mí han significado y significan todos ellos. Con Antonio Díaz Miguel estuve muy unido porque iba a ver cada año las concentraciones de la selección y las diferentes competiciones. Además, como en aquel momento él era el que más viajaba a los Estados Unidos para ver baloncesto, aprendía mucho con él. Nos llevaba una enorme ventaja al resto. De Pedro Ferrándiz, qué decir... Es un mito viviente [tiene 91 años]. Y Lolo [Sainz, 79 años], pues lo mismo. Solo que la relación con él fue siempre más próxima por edad y conexión.

—¿Qué lleva a un hombre que lo ha ganado prácticamente todo a seguir en activo con 73 años?

—Muy sencillo. Que me encuentro a gusto en el club, con mis jugadores. Y con muchas ganas de seguir trabajando.

—Su primera experiencia en el extranjero llegó tras cumplir los setenta. ¿Por qué?

—Al principio entrené prácticamente solo en Barcelona y Badalona. Luego me fui al sur: Málaga, Sevilla, Gran Canaria. Y ahora, pues me tocaba tirar para el norte (se ríe). La verdad es que no hay una razón poderosa. Surgió la posibilidad, me pareció interesante y no me arrepiento. Se me ha puesto a tiro una forma de trabajar muy buena, con un público excelente, muy respetuoso. Una afición que no está solo cuando gana, sino también cuando pierde.

—¿Puede decirse que se parece más a la afición de la NBA, ajena a los resultados, que a la española, en la que prima el marcador?

—Aquí, a la gente le gusta mucho que el equipo gane. Lo que pasa es que si lucha, pues ya tiene un respeto absoluto aunque pueda perder. Un respeto que se extiende al rival. La NBA es otra historia. No es competitiva. Antiguamente, el baloncesto universitario era muy superior al español y europeo. Luego el universitario americano se nos quedó pequeño y llegaron los mejores años de la NBA. Ahora, sigue teniendo un prestigio enorme por su pasado, y en parte por su presente, pero competitivamente no existe.

—No resulta habitual encontrar alguien tan crítico con la NBA.

—No es crítica, es una reflexión y una realidad. Ellos tienen un márketing que está por encima de todo. Lo desarrollan al máximo. Pero el baloncesto, no tanto. Les gusta destacar a jugadores y no a equipos. El trabajo del baloncesto es menor porque no hay una defensa de equipo, un ataque de equipo... Hay un nivel económico más alto respecto a Europa y por eso los mejores van para allí. La NBA es más márketing que baloncesto, pero a la gente le gusta.

—Pero usted era, y hablo en pasado por lo que dice, un seguidor del baloncesto americano.

—Por supuesto. Es que nos llevaba mucha ventaja. Cuando estábamos lejos de ese nivel estábamos entusiasmados con el baloncesto universitario americano. Luego por la NBA... Yo he viajado más de 25 años a ver las Ligas de verano. Pero ahora no me atrae tanto.

—Por su carácter competitivo, ¿cree que se aburriría entrenando en la NBA?

—Para llegar allí hace falta un recorrido más largo que el mío. Si eres entrenador europeo y quieres ir a Estados Unidos, primero debes de ir a un College de ayudante, luego de entrenador. Posteriormente ir metiéndote en un club de la NBA como ayudante también varios años antes de entrar... A la inversa es más sencillo. Técnicos de allí que han llegado aquí.

—Pero más allá de esas dificultades, ¿cree que le resultaría algo aburrido?

—Está claro que a mí me divierte más tener un equipo en el que no están los mejores en cada momento. Soy más de mejorar tanto a los jugadores como al equipo. Eso me motiva más. Pero, ojo, que también entiendo que haya otros entrenadores que quieran tener a los mejores del momento. Todo es lícito.

—¿Por ese deseo de entrenar en el día a día y sacar el máximo partido de cada jugador renunció a la selección tras la plata de Pekín 2008?

—En aquel momento me apetecía dirigir a la selección con el objetivo de los Juegos. Pero, luego, de cara al invierno, quería entrenar a un equipo como había hecho toda la vida. Entrenar solo un mes a la selección... Quizá ahora es diferente. Podría atraerme más, pero antes no. Por eso renuncié.

—¿Hacia dónde camina el baloncesto actual?

—Técnicamente es mejor y físicamente, mucho mejor. Lo que hay que mejorar es que se apliquen bien las normas, que no siempre ocurre. Y que el cambio de reglas favorezca esta situación. Como ahora son más altos y más rápidos, hay menos espacios… Tiene que haber medidas ajustadas, como siempre ha habido…

—¿En qué cree que se aplican mal las reglas actuales?

—Como está bastante de moda que los exteriores sean más importantes que los interiores, se les da un protagonismo absoluto y se les respeta muchísimo. A los jugadores exteriores no se les puede ni tocar. Pueden hacer pasos y hasta faltas, que casi no se les pitan. En cambio, a los interiores, cuyo protagonismo es menor, les pitan pasos, faltas y lo que sea, que no pasa nada. Eso no es justo. Luego, se podría favorecer el juego también ensanchando la cancha, para que las ayudas de los lados hacia los interiores no lleguen tan fácilmente. El juego exterior está muy bien, pero a mí un partido en el que hay sesenta triples y solo diez canastas exteriores, pues me parece que señala un baloncesto muy feo.

—¿Era más atractivo el baloncesto de los ochenta?

—Sí, era más atractivo y entretenido. Porque había equipos como los Boston, que jugaban un baloncesto completo, no el uno contra uno que luego ha protagonizado la NBA. Está claro que cuando la capacidad física de los jugadores, en altura, velocidad y potencia mejora, no se puede evitar que sucedan esas cosas. Pero hay que adaptar el baloncesto y las normas para minimizar ese impacto.

—Imagine que decide aprovechar el confinamiento para ver partidos. ¿Se quedaría con encuentros históricos o actuales?

—Yo vería baloncesto actual. Por mucho que reconozca que en los ochenta era más atractivo, no creo en eso de que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Vale para la literatura y los románticos, pero poco más. Le diré que uno que fijo que veré será la final olímpica de Pekín. Nunca la he visto entera. Tengo tantos partidos que analizar cada temporada, que no me ha dado tiempo.

—Dice que le divierte más entrenar a jugadores que pueden progresar... ¿Se puede ser campeón sin tener a los mejores?

—Es un tema relativo, porque muchas veces existe gran mitología alrededor de este término. Los que llamamos mejores, ¿siguen siendo los mejores o lo fueron y conservan esa etiqueta? Creo que puedes ser campeón sin tener a los mejores, siempre que tus jugadores tengan capacidad de mejora y quieran hacerlo.

—¿Qué tiene que tener un entrenador de baloncesto para ser el mejor?

—No creo que exista un personaje ideal, sino que cada uno tiene que saber cuáles son sus cualidades y qué cosas debe aportar. Si uno tiene un tipo de pensamiento y carácter, no puede cambiar eso artificialmente, tratar de hacer otra cosa y no ser capaz de conseguirlo. Hay que procurar mejorar, pero sin renunciar a lo bueno que uno tiene.

—Con los años, se le ha puesto la etiqueta de gran entrenador de jóvenes pero no tanto de veteranos.

—No estoy de acuerdo. Yo nunca despreciaré a un veterano que dé a un equipo algo más. Me gustan los jóvenes porque tienen ese margen de mejora. Pero también he tenido a veteranos que han sido capaces de mejorar y jóvenes que no. En este caso, me decantaba por los primeros.

—¿Es un entrenador difícil?

—¿Quién? ¿Yo? En absoluto. Si uno mira los enfrentamientos que haya podido tener con algún jugador no logra ni un porcentaje mínimo. Lo que sucede es que somos dados a resaltar los problemas y no las cosas buenas. Nos gusta hacer hincapié en el follón y no en la alegría.

—¿El Aíto que fue capitán del Barça jugaría con usted?

—Rotundamente, no. Aquel Aíto no tenía mucho talento, ni tiro, ni velocidad... Lo que sí había que reconocerle es que daba siempre lo máximo de sí mismo, pero hoy en día eso no sería suficiente.

—Le llegó para liderar al Barça.

—Sí, y para ser internacional júnior, juvenil, universitario y hasta preseleccionado absoluto. Pero él pensaba que había cosas que no eran importantes, como el tiro, y ahí se perdía. Tampoco era todo malo, ojo, que reconozco que en el campo pensaba muy bien. Pero en una plantilla no tendría sitio.

—Los mejores en la cancha no siempre son los mejores entrenadores, y viceversa.

—No me cabe duda. Pero eso también se ve pronto. Los hay que solo hablando con ellos cuando son jugadores ya sabes no van a salir buenos entrenadores. Y no hay más que ver lo que ha ocurrido con grandes baloncestistas que han entrenado dos o tres años y nada más.

—¿Qué le ha aportado a la hora de entrenar el haber estudiado Telecomunicaciones y Física?

—Yo creo que, desde el punto de vista de esas dos carreras, poco. Pero sí mucho a nivel de formación. Haber estudiado tanto el bachiller como en la universidad te da capacidad para hacer más cosas. Te desarrolla la mente. Y esa parte es muy importante. Obviamente no es un requisito indispensable, pero sí creo que ayuda a ser mejor jugador o entrenador el haber estudiado.

—¿Por eso les inculcaba a sus jugadores actividades como el ajedrez o los sudokus?

—Porque pienso que debemos cuidar nuestra mente. No se puede pensar solo una hora al día, durante el entrenamiento y punto. Hay que estar constantemente pensando. No es que yo los estimule a que jueguen al ajedrez o hagan sudokus. Eso fueron dos casos que se conocieron. Yo lo que les animo es a que hagan algo aparte de jugar. Y que se formen, porque eso les va a ayudar a ser mejores. Xavi Fernández quería mejorar y empezó a jugar al ajedrez. Se convirtió en algo enfermizo. Era casi una obsesión. Viaje tras viaje venía a jugar. Venga a jugar... Yo sabía que eso le iba a ayudar a pensar más y así fue. Edy Tavares tiró por los sudokus y ha tenido una gran evolución tanto física como técnica y mental.Pero ya le digo que fue elección suya. Yo les decía: «¿Y tú qué quieres hacer?». Pues alguno dijo que cocina y se puso a cocinar. 

—¿Cuál cree que ha sido el mejor diamante que ha pulido?

—Ha habido muchos casos. Pero, casi siempre, cuando hablo públicamente, siempre hablo de casos que tienen algo en común: una capacidad intelectual muy buena. Y ahí tengo que hablar de Pau (Gasol), Ricky (Rubio) y Porzingis. Obviamente, los tres tienen un nivel físico y técnico muy bueno, pero la cabeza les ha ayudado mucho. Mire Pau. Que se fue a Estados Unidos y se hizo un sitio sin haber pasado por las universidades americanas... Llegó a un equipo flojo, pero fue subiendo y mire dónde llegó.

—¿Por que cree en este sentido que el baloncesto está por encima de casi todos los deportes, principalemente, del fútbol?

—Tengo claro que en cualquier deporte, incluido el fútbol, que quizá siempre se tiende a pensar que no, hay gente con esa capacidad. Pero hay un origen: el baloncesto nace en las escuelas y el fútbol en la calle. Esa parte tiene influencia. Aunque las distancias se van acortando. Antiguamente, los jugadores de baloncesto estudiaban y los de fútbol no. Ahora ya no es tan así.

—Para acabar, ¿sigue sin pensar en la retirada?

—Está claro que no quiero morirme en la cancha. Pero si con treinta y tantos años me preocupaba mi futuro como entrenador, ahora solo pienso en el presente. Y este año sigo aqui, entrenando. El año que viene será el año que viene.

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