Duelo de dandis en los banquillos

EP

Hace menos de un año, en la antesala de la final de la Champions, Jurgen Klopp decía lo siguiente: «Para Guardiola es más importante la Premier League porque lleva años sin jugar una final de la Liga de Campeones. Para mí, sin embargo, es más importante la Champions. Porque tengo la oportunidad ahora de ganarla y la Premier la perdí».

Quizás este año la perspectiva sea otra. Porque la Premier va a ser para el Liverpool y porque Guardiola, que no ha vuelto a pisar una final continental desde que cerró su etapa en el Barça, sabe que a su aura le vendría bien otra Orejona.

Zinedine Zidane puede presumir de ser el único técnico que ha ganado la Champions tres temporadas consecutivas. En su caso, echa de menos la Liga, porque solo luce una en su palmarés.

Es, sin duda, una eliminatoria con el sello de sus entrenadores. Más reconocible el de Guardiola, más camaleónico el de Zidane. Con el técnico español, el modelo está por encima de los jugadores, con el entrenador francés sucede lo contrario: los futbolistas pesan más que la propuesta.

Guardiola ha hecho de la posesión de balón un dogma de fe. Incluso en su etapa en el Bayern de Múnich, a pesar de ser aquella una apuesta contracultural. Decía Cruyff: «Si tú tienes la pelota, el rival no te puede marcar gol». Por ahí va la idea.

A Zidane le gusta el fútbol combinativo pero le seducen más las transiciones rápidas. Y le rodea la extraña sensación de que a veces las lesiones le han simplificado la tarea.

Durante la lesión de Hazard, los problemas físicos de Marcelo y las extrañas apariciones y desapariciones del indescifrable Gareth Bale, el Madrid fue un equipo solidario sin balón, alrededor de los pulmones y la capacidad de arrastre de Casemiro y Valverde.

Hazard se ha vuelto a lesionar. Está por ver si para el lateral izquierdo se decanta por la fiabilidad defensiva del rocoso Mendy o mantiene su confianza en Marcelo. Y también está por ver si arriba vuelve a jugar el galés, porque su velocidad siempre es un valor añadido ante la previsible defensa adelantada del Manchester City, o bien apuesta por poblar el centro del campo y dejar a Benzema como espíritu libre en todo el frente de ataque.

Así se presenta una de las eliminatorias más atractivas de los octavos de final, envuelta en los nombres propios de dos entrenadores que fueron emblemas como jugadores desde el puente de mando, que llegaron a la élite de los banquillos sin apenas aprendizaje intermedio, la sonrisa de Zidane frente al ceño amable de Guardiola, dos dandis.

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