Jorge García, el árbitro modesto que, sin carné, nunca llegó tarde a un partido

El colegiado santiagués echa mano de la familia y del transporte público para desplazarse y, si está cerca, va caminando


Jorge García Pintos creció en Conxo, estudió hostelería en Lamas de Abade y siempre tuvo inquietud por relacionarse con el fútbol. En el primer sector trabaja cada vez que se le presenta la ocasión y lleva seis de sus 29 años arbitrando e ingeniándoselas con el transporte, porque no tiene carné de conducir. Ni se le adivina prisa por sacarlo. «Siempre digo que a ver si este año va, y van nueve», reconoce. Quizás porque se organiza sin mayores problemas y presume de puntualidad: «Nunca llegué tarde a un partido».

Cuando le toca oficiar como auxiliar, el problema del desplazamiento está resuelto, toda vez que es competencia del árbitro principal. Cuando le corresponde dirigir partidos de categorías inferiores, la agenda puede complicarse.

Maneja varias alternativas. Si el campo está cerca de casa, va caminando. Si no, echa mano del transporte público. Y en última instancia está la familia: «Mi madre es muy futbolera. Y una tía mía también me ayuda».

Las ventajas

Jorge García no le ve demasiados inconvenientes, más allá de que «alguna vez quizás podría dormir o descansar un poco más antes de salir de casa, porque siempre busco llegar con tiempo». Y no se le escapan las ventajas: «Nunca me han puesto una multa. Ni tengo problemas de aparcamiento».

Solo una vez estuvo a cinco minutos de llegar tarde: «Tenía partido en Carnota. Me acercó mi madre y hubo una avería. Avisamos, pero conseguimos llegar con el tiempo justo». En ese desapego por la automoción tiene algo que ver un accidente de tráfico que sufrió de joven, que está ya superado pero al que no quiere darle demasiadas vueltas.

Al fin y al cabo, lleva años demostrando que no necesita carné para disfrutar del arbitraje, una afición tardía en la que se adentró con 23 años: «Quería hacer algo que tuviese que ver con el fútbol. Una opción era entrenar. Pero un familiar me comentó que conocía a alguien en el Colegio de Árbitros, por si quería probar». Probó y se enganchó. Y eso a pesar de que arbitrar comporta sacrificios, tiene algo de sacerdocio, sobre todo los fines de semana. Están todos comprometidos y si en alguna ocasión quiere tomarse alguno libre, debe comunicarlo con cierta antelación.

Lo asume de buen grado: «Nadie arbitra obligado». Y pone en valor la figura del delegado, Carlos Otero, por su capacidad de organización y para generar buen ambiente en el colectivo.

Los insultos clásicos y otros más trabajados: «Pareces un churrasco, eres todo huesos»

Hablar con un árbitro y sacar a colación el asunto de los insultos es inevitable. Jorge García subraya que «lo mejor es evadirse cuando estás en el campo, no preocuparse por la grada». Pero cuando le toca oficiar como auxiliar en el lado en el que hay afición es inevitable escuchar. Los exabruptos brotan con facilidad.

No faltan los clásicos, «los típicos no te enteras, eres muy burro, etcétera». Pero a veces también se encuentra con alguna sorpresa: «Algunos se lo trabajan un poco más. No recuerdo exactamente el campo y el partido, pero sí lo que me dijeron, al verme tan delgado, algo así cómo ‘anda, anda, pareces un churrasco, eres todo huesos’». Como si la planta del árbitro tuviese alguna influencia en su actuación.

García Pintos asume que la consideración de la afición hacia los árbitros tiene sus singularidades: «Un jugador puede fallar dos goles cantados pero nosotros, como nos equivoquemos en un penalti, ya empiezan los insultos».

Entiende que puede deberse a no conocer de cerca la labor que desempeñan. Pone el ejemplo de su madre: «Cuando empecé decía que todos los árbitros eran muy malos, excepto yo. Ahora ya lo ve de otra manera».

También pone el dedo en la llaga, sobre todo en lo que se refiere a la base, al significar que «a los niños se les enseña a ganar, pero no a saber perder. Y esto es un deporte. A veces les aprietan tanto que olvidan que lo importante es que se diviertan».

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