Óscar Burrieza: «Soy un soñador despierto»

Jugó dos «grand slams» en los 90, alternó libros y tenis, e intentó triunfar sin dejar Galicia. Triple salto mortal. Hoy viaja por el mundo unas 35 semanas al año, un privilegio y un peaje que disfruta


Si alguien le propone un plan, no tarda un segundo en ubicar en qué ciudad del mundo estará ese día, o si -cosa rara- está disponible. Óscar Burrieza (Lugo, 1975), la mejor raqueta gallega de todos los tiempos, sigue dando vueltas por el globo detrás de una pelota de tenis. Ahora como entrenador privado de un jugador profesional, el italiano Gian Marco Moroni. Un trabajo que le apasiona, pese al desgaste que supone pasar fuera de casa 35 semanas al año. «Soy un soñador despierto». Se ve reflejado en la definición que le regaló su gran amigo Tati Rascón, presidente de la Federación de Tenis de Madrid (FTM).

Burrieza aprendió a jugar con su padre, y desafió las normas del momento de la mano de Fernando Rey Tapias, al intentar entrenar y estudiar sin salir de Galicia. El resultado, su acceso a los cuadros finales de dos grand slams, su histórico triunfo en 1997 en la hierba de Mánchester (superficie prohibida durante los 25 años anteriores para un español) y el techo de verse el 126 del ránking ATP. Ocho operaciones de rodilla después, se fue retirando poco a poco. Pero el veneno de la vida en el circuito le había picado. Así que se involucró en varios proyectos con jugadores profesionales que trataban de asaltar los cielos del tenis. Sobre todo, con la FTM. Afincado en Madrid, desde hace un par de años trabaja en exclusiva con Moroni, con el que entabló una afinidad especial. «Una de las cosas que más me gusta como entrenador es nuestra capacidad para convertir el miedo y la amenaza que el jugador percibe antes de algunos partidos, en oportunidad para que vea los puntos débiles del rival. Me encanta preparar tácticamente los encuentros. Es un momento en que me siento muy jugador para poder ayudar a mi tenista», explica. De ese papel, el del convencimiento de sus pupilos, vino en parte la definición de Rascón. «Me encanta visualizar las situaciones antes de que ocurran e imaginar que salgo vencedor. Esa parte de soñador me ayuda», razona Burrieza. 

Al mismo tiempo, el entrenador no es creíble si no admite incertidumbres, que no es infalible. Porque así empatiza con el jugador que sufre en la pista: «Dudar algo es bueno, pero no en exceso. Encontrar ese equilibrio es fundamental para tener éxito con tus jugadores». 

Aunque, la virtud número uno sería para Burrieza la resiliencia. «Hay muchas personas alrededor de un profesional, dependes de los resultados, compites y pierdes mucho... debes convivir con la frustración del tenista, los problemas de dinero... Y todo eso necesitas equilibrarlo con tu vida personal», explica el entrenador lucense, que disfruta de la independencia de dirigir la carrera de un solo jugador, y no trabajar en un club o una academia. Ese peaje, el de no deshacer nunca la maleta, es el que él paga por seguir agarrado a la pasión de su vida y empaparse de lugares, culturas y amistades en varios países. Cada día es un nuevo partido y, al final, animal competidor como siempre ha sido, confiesa: «Lo que más me gusta es ver como mi jugador crece, dar el 100%... y ganar».

Burrieza, en una imagen de archivo durante su etapa como jugador
Burrieza, en una imagen de archivo durante su etapa como jugador

Fui

Tenista profesional (126 ATP). Jugué el Open de Australia y Wimbledon.

Soy

Entrenador de tenis. Dirijo la carrera del italiano Gian Marco Moroni.

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