Valverde, perdido por segundo día consecutivo


El invento árabe de Rubiales va a terminar con una paradoja mayor que su propio parto: disputarán la final de la Supercopa dos equipos que no han ganado nada la temporada anterior. «Se me hace extraño jugarla con cuatro equipos. Prefería el formato anterior», lamentó Ernesto Valverde la tarde previa. «Que presente una queja», ironizó Carvajal cuando ya se sabía en la final. Uno no se imagina a Valverde presentando quejas. Ni siquiera cuando el chófer que lo trasladaba junto a Busquets a la ciudad deportiva Al-Ittihad Jeddah -donde el Barcelona se entrenó por última vez antes del partido de semifinales- se perdió. No es que se despistara en un cruce, se tiró cincuenta minutos divagando por las calles de Yeda como uno de esos taxistas que se pasan de intrépidos con los turistas. Como si la tecnología no diese para un simple GPS.

La misma tecnología que permite rearbitrar un partido en tiempo real y revisar más de media docena de jugadas decisivas, pero que sería incapaz de explicar un criterio único para interpretar las manos. Una escrupulosa cobrada a Messi, en ataque, retrasó la remontada del Barcelona. Por entonces, Leo y Oblak se jugaban a pulsos qué brazalete pesaba más en el partido. Otra mano, de Piqué en defensa, ni siquiera chequeada ante el monitor por González González, retrasó la hazaña final del Atlético. En ese momento, el partido se estaba jugando ya entre la tecnología y un absurdo frenetismo contraindicado para el Barcelona. Valverde no supo pararlo a tiempo con todo a placer. Se quedó inmóvil, como en el autobús de la víspera. Y, otra vez, se le hizo tarde.

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