Ashley Hamilton: El MVP que se fue al paro recupera la sonrisa en el Leyma Coruña

Italia, Grecia, Líbano, Estados Unidos y Ucrania son algunas de las ligas que ha conocido


El último fichaje del Leyma —no lleva ni un mes de naranja— trata de hablar español, pero a medida que la conversación se hace más densa regresa al inglés para no dejar cabos sueltos. «Me falta vocabulario y los tiempos verbales me cuestan», dice acostumbrado al pragmatismo anglosajón basado en la santísima trinidad del presente-pasado-participio. Se lamenta de no haber sido lo suficientemente maduro para esforzarse en aprender castellano cuando con 17 años llegó a Las Palmas tras ser descubierto por un entrenador del Gran Canaria en un torneo con la selección inglesa en Rumanía.

Porque Hamilton es inglés, aunque nació en Alemania. Su abuelo llegó de África a Newcastle para estudiar becado gracias a los programas de desarrollo y allí nació su padre. «Mi madre empezó a estudiar en la universidad en África pero, trabajando mucho, pudo continuar sus estudios en París. Más tarde, mi padre iría a la universidad en Alemania. En aquellos tiempos para tener una buena educación después del colegio tenías que marcharte y acogerte a programas de diversidad que ayudasen a los mejores estudiantes a tener oportunidades. Ellos lo lograron y por eso nací en Alemania», relata. Pero Hamilton no olvida que por sus venas corre sangre de Sierra Leona. «Aquí», dice mostrando su antebrazo tatuado con el mapa del país.

Comenzó a jugar al baloncesto a los 14 o 15 años, según dice recordar. Tarde en cualquier caso. Era bueno y se fue a Estados Unidos para mejorar. Ya saben, en Inglaterra hay fútbol de primer plato, fútbol de segundo y rugbi, tenis o críquet de postre. Durante toda su infancia y juventud londinense, desayunó, comió y cenó balompié. Por eso no necesitó que nadie le explicase dónde estaba A Coruña. «Soy del Arsenal y me compré la camiseta del Deportivo el primer día que llegué», cuenta y sorprende con lo puesto que está de la actualidad blanquiazul: «Me gusta Fernando Vázquez». Es un devoto de los entrenadores pasionales, un perfil muy distinto al de Sergio García, su técnico en el Leyma, al que elogia. «Es calmado y muy detallista. Cuando llego a casa me mensajea para preguntarme cómo estoy y cómo está mi hijo. Me pregunta cosas más allá del baloncesto. He tenido entrenadores a los que solo les interesaba el baloncesto y está muy bien, es el negocio, pero yo lo agradezco», asegura.

Hamilton estudió y jugó en la universidad de Loyola y no fue seleccionado en el draft del 2013 por ningún equipo NBA. «Lo intenté, pero no era para mí. Era mi sueño, pero lo cambié por el de jugar en Europa. Mis sueños van cambiando, pero sigo teniéndolos», dice.

Jugó en Italia, Ucrania, Grecia o el Líbano. Para todos tiene buenos recuerdos. Incluso para la antigua república soviética, metida en un conflicto bélico que enturbiaba sus expectativas. Ascendió al Manresa hace dos cursos y fue MVP de la liga inglesa el año pasado. Pero todo eso no asegura nada en el baloncesto. «Hace un mes, mi agente estaba llamando a equipos de todo el mundo y todos decían lo mismo: ‘No lo queremos’. No sé cómo explicarlo. Jugué en Inglaterra el año pasado, en mi casa, y fui el MVP. Pero un día, simplemente, dejaron de pagarme. Desafortunadamente, no saber cuándo o si vas a cobrar es algo habitual en el baloncesto. Puedes estar en un sitio, trabajando duro, jugando bien y de repente te cortan y no sabes qué está pasando», explica. «El baloncesto es como la vida, puedes hacer las cosas bien, puedes trabajar duro, pero eso no garantiza que las cosas vayan a salir bien», zanja.

«Por desgracia, no saber cuándo vas a cobrar es un problema habitual en el baloncesto»

En el Palacio ha caído de pie. Su rendimiento influyente en los dos partidos que ha jugado ha hecho menos doloroso el adiós de Bulic. Él también ha conectado. «Es un lugar único, con esa playa frente a la cancha. Aunque sea la más fría que he visto nunca», bromea.

Un activista que reparte becas entre los estudiantes de Sierra Leona

Hamilton está renqueante. Una fascitis plantar en su pie izquierdo le trae por la calle de la amargura. El dolor le acompaña en los partidos. «En la segunda parte contra el Valladolid, salí a calentar y no podía caminar», relata. Gustavo Gago, el preparador físico del Básquet Coruña, es su guía en su recuperación y, pese a que reconoce estar asustado por si jugar pudiese agravar su dolencia, confía: «Yo no soy profesional en esto».

No sabe qué será de él cuando acabe la temporada, pero ya tiene planes a más largo plazo. Y mira a Sierra Leona. Quiere ayudar a su país y tiene en marcha un proyecto de fundación que ya concede becas escolares y patrocina un equipo de fútbol local.

Habla también de racismo y de cómo lo ha tenido más fácil que sus padres o abuelos, aunque confiesa que lo ha sufrido «alguna vez». Y lo tiene muy diagnosticado. «Hay tres niveles: el de los ignorantes, el de la gente que no lo ve y canta lo que canta el de al lado y el que llega el punto de crear dificultades a la gente que es diferente a él. Este es el peor de todos. Los ignorantes, ni siquiera saben que pueden estar ofendiendo. A mí me ha pasado con algún colectivo, un comentario con el que he daño a otra persona. Yo pido perdón por mi ignorancia», reflexiona.

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