La pizarra gallega es un mapamundi

Una decena de entrenadores de baloncesto triunfan en clubes y selecciones de todos los niveles


La Voz

El baloncesto gallego se exporta desde la pizarra. Una decena de estrategas imparte doctrina en equipos de élite en Europa, abarcando todos los ámbitos (clubes y selecciones, masculinos y femeninos). Hace ya más de once años desde que Moncho López fichó por el Oporto. En cierto modo, él desbrozó un terreno que ahora otros siembran con sus conocimientos. Iria Uxía Romarís, Diego Fernández y Óscar Lata han sido los últimos en hacer las maletas.

La exentrenadora del Leyma incluso ha cambiado de equipo en Alemania en los últimos meses. Desde su salida del Culleredo ha pasado por el Essen y ahora trabaja con los Rockets y el Basketball Löwen de Erfurt, haciéndose cargo del desarrollo individual de los jugadores. «La primera experiencia no salió como todos pensábamos, pero solo llevaba cuatro meses en Alemania y se me quedaba corta, así que en lugar de volver a casa de inmediato decidí esperar», argumenta en una clara declaración de intenciones. «Es un superenriquecedor. Adaptarte y conocer ciudades nuevas y otra cultura, derribando mitos; vivir desde dentro otro baloncesto, desempeñar otro rol...», analiza. Apunta a Raúl Jiménez como su ejemplo para la normalidad de la emigración deportiva y resume: «El camino fácil nunca fue mi opción».

Diego Fernández dejó el Narón de EBA para recalar en el Hørsholm 79ers danés. Como sus homólogos, habla de «un cambio significativo personal y profesional», pero también de «ilusión y reto». Realiza un trabajo de implementación técnico, táctico y metodológico en todas las categorías de un club que apuesta por la precocidad. «Intentamos generar hábitos», añade. Al igual que los demás entrenadores, no se establece plazos para su estancia en el extranjero. Con todo, cree que la emigración deportiva «es algo normalizado desde hace tiempo. Además, cada uno debe seguir su camino, y los retos pueden encontrarse fuera, pero también en el club de toda la vida».

A punto de cumplir veinte años como entrenador profesional, Óscar Lata, asistente en el Spirou Charleroi, un histórico belga, ha ido a más desde su llegada, tanto en la Liga como en la Copa y en la FIBA Eurocup. «Esta decisión es, quizás, la más arriesgada que he tomado en mi carrera. Tengo experiencia en cinco clubes ACB, y lo más fácil hubiera sido continuar en la Liga española», describe.

Asegura que la única manera de ganarse el respeto es plantearse el futuro como si fuese a establecerse en el club hasta el final de su trayectoria. «La experiencia de ver otra manera de hacer un trabajo es algo que no valoramos lo suficiente, y hablo de cualquier ámbito laboral», reflexiona, mientras apunta que «estas ligas destacan por su organización y seriedad».

Como la mayoría de sus colegas de profesión, el técnico gallego se propone conocer el entorno geográfico y guarda con humor las situaciones derivadas de los livianos choques de costumbres como los horarios de las comidas o los contrastes culturales, aunque resalta que el baloncesto, también en España, es un deporte proclive a la mezcla de nacionalidades.

«Merece la pena porque ayuda a seguir creciendo como entrenador»

La lista de gallegos entrenando en el extranjero crece con el paso del tiempo en una muestra de la tendencia que va camino de consolidarse. Son conocedores de estos escenarios técnicos como Miguel Ángel Hoyo y Antonio Pérez Caínzos, con experiencia en Estados Unidos, China, Europa y África.

Forman parte del elenco que los que han decidido hacer las maletas y meter un balón de básquet y una pizarra, como Sergio Cubeiro, que ya había entrenado en Suecia en el 2012, pero se consolidó en Dinamarca desde el 2018, ahora como ayudante del FOG Næstved.

En su caso, como en la mayoría, es el boca a boca y los resultados los que le han abierto puertas, tanto en la competición masculina como en la femenina. «Las cosas se han ido dando de esta manera. Si surgen nuevas oportunidades fuera de España no dudaré en considerarlas», resume. «Puedo dedicarme a lo que me gusta, algo que sería imposible en España», concluye. «Aunque el nivel no sea comparable al de España, lo importante es encontrar un sitio donde puedas desarrollar tu trabajo y ganarte la vida», añade.

Una situación mixta, a caballo entre dos países, vive Alberto Blanco, que dirige al Palencia (LEB Oro) y es asistente en la selección de Eslovaquia. «Me ayuda a seguir creciendo como entrenador. Estar al lado de Zan Tabak me dota de más recursos y sumo experiencias personales y de baloncesto que son un bagaje impagable para mi vida deportiva, al tiempo que disfruto del baloncesto nacional e internacional», explica. .

«Estar en un equipo y una selección nacional me obliga a un esfuerzo mayor porque no tengo tiempo libre, pero merece la pena. Son etapas de la vida que hay que disfrutar al máximo, porque el tiempo pasa rápido», zanja.

Femenino y masculino, dos realidades

Estas oportunidades de trabajo se presentan, en ocasiones, por modas. Si antes eran argentinos y balcánicos los más demandados, ahora somos los españoles, especialmente en el baloncesto femenino. Los éxitos de las selecciones en todas las categorías y los de nombres propios como Lucas Mondelo o Moncho López han tenido un efecto arrastre del que nos beneficiamos, del mismo modo que lo harán los que vengan detrás de mí. Pienso que el baloncesto femenino y masculino viven realidades diferentes en este sentido (en el masculino es raro que los españoles dejen buenos proyectos en España por otros mayores en el extranjero, pero en el femenino los grandes equipos del mundo son foráneos; ejemplo de ello es Moncho Fernández). En las dos últimas Final Four europeas, tres de los entrenadores éramos españoles; y yo entrené al campeón, y Víctor Lapeña al ganador de la segunda competición continental. También mi caso es especial. Cuando me fui a Italia no había habido un técnico español con continuidad y ahora en Rusia estoy en el Ekaterimburgo, el mejor club del mundo. El valor añadido de los españoles es la forma de ver el baloncesto, la exigencia y la personalidad, pero lo que buscan los clubes son resultados y el modelo que exportamos los ofrece. El trabajo de las federaciones también es clave y sostenido en el tiempo. Está a la vanguardia, solo por detrás de Estados Unidos y muchos entrenadores provenimos de ese sistema.

Miguel Méndez es entrenador del Ekanterinburgo ruso.

Exportar cultura de baloncesto gallego

Emigrar no es una decisión fácil, pero tampoco traumática. Al contrario. Y lo digo yo, que estuve en el Guangzhou Loong Lions chino, quizás el equipo más atípico del entorno. Para mí, fue una experiencia superpositiva, pero dependerá de la personalidad de cada uno. Estas ligas y clubes requieren de los españoles su experiencia y capacidad de formación, en la que somos los mejores del mundo. Para ellos, ser español es sinónimo de conocimiento de baloncesto, sin nada más que decir. Y la diferencia con respecto a otras olas como la balcánica es que nosotros no salimos para subsistir o a la desesperada, porque la ACB ofrece opciones al más alto nivel (y a veces no valoramos el nivel del deporte en España). Eso me lleva a la siguiente clave de la emigración deportiva: la económica. Por otro lado, el baloncesto gallego siempre tuvo arraigo. Aquí se ha jugado mucho y bien, a pesar de no haber tenido clubes en lo más alto de la élite nacional. O quizás por ello, el entrenador gallego ha tenido que buscarse la vida y obtener rendimiento por encima de su competencia, exportando su cultura de baloncesto. Puede que no haya muchos gallegos en el extranjero, pero son multitud en España en todas las categorías. Insisto en que entrenar en otro país es una experiencia que le recomiendo a todo aquel que tenga la posibilidad de hacerlo. Yo no me arrepiento para nada.

Manolo Aller fue entrenador del Guangzhou Loong Lions chino

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