Villar, Rubiales y el silencio cómplice de los políticos


La Federación Española de Fútbol es un gigante que aprobó en junio un presupuesto de 225 millones de euros para el ejercicio 2019. Una entidad privada con competencias públicas delegadas bajo cuyo paraguas ejercen su actividad cerca de un millón de jugadores cada fin de semana. Y también uno de los mayores escaparates del deporte español. No es nuevo, pero esa maquinaria ha quedado en manos de un grupo de incompetentes y oportunistas. No porque la anquilosada y presuntamente fraudulenta tropa de Ángel María Villar no fuera ya un desastre, sino porque cuando por fin se abrieron las ventanas de la sede de Las Rozas, porque las irregularidades durante tantos años denunciadas por unos pocos se abrieron definitivamente paso con detenciones y sumarios, no se produjo un verdadero relevo que regenerase el fútbol español. De aquellos polvos de la anterior etapa de amiguismos y mangoneos vienen también estos lodos. Un ejército de mandos, submandos, empleados, expertos en márketing y comunicación, enlaces con el vestuario y un sinfín de puestos remunerados con el dinero del fútbol de todos no fueron capaces de articular un cambio digno, ordenado y profesional en la cúpula de la selección española durante los días de un sainete que amenaza con prolongarse en el tiempo.

El relevo de vuelta de Robert Moreno a Luis Enrique, que debía haber sido emotivo y terminó convertido en una chusca historia de traiciones y medias verdades, lleva la firma de Luis Rubiales, como de los tres anteriores bandazos en una etapa de 17 meses en la que la selección, con cuatro cambios en el banquillo, se ha convertido en la casa de los líos, pese a la discreta profesionalidad de los jugadores. Porque un gigante como la federación cuenta con resortes suficientes para reconducir una crisis sin dañar la institución.

Cabe recordar que el delfín de Villar, porque ese era Luis Rubiales, para tejer su candidatura se aprovechó de una larga etapa de desgobierno en la que ya se conocían las tropelías de la gestión del eterno presidente de la federación. Mientras, desde las Administraciones, José Ramón Lete (que recuperó su puesto en la Xunta a costa de Marta Míguez) y otros dirigentes decidieron mirar para otro lado. Se dejó hacer durante meses, antes de actuar, con los políticos agazapados en una supuesta neutralidad hacia los actos del grupo de Villar que permitió que el fútbol recayese en manos como las de Rubiales, que nada tenían de regeneradoras y que no solo no iban a limpiar la federación, sino que iban a crear nuevos canales de clientelismo y, sobre todo, mil y un frentes de conflicto.

Falta una decidida valentía en los cargos públicos para vigilar y censurar las políticas de una instituación con competencias públicas delegadas y que mueve más dinero que muchas consejerías de comunidad autónoma. ¿Qué decir del ensordecedor silencio que mantuvo durante semanas la acutal secretaria de Estado para el Deporte, María José Rienda, sobre el proyecto de la Supercopa en un país como Arabia Saudí? Recientemente, ante preguntas de este periódico, evitó opinar y se limitó a remitirse a una entrevista radiofónica del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. ¿Qué temen los políticos para plantar cara a los caciques del fútbol? ¿Por qué callaban y callan ante tantos despropósitos?

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