Jeff Xavier, de las juergas nocturnas al padre ejemplar en 10 años de baloncesto

Diez años después de llegar al Breogán, el jugador ha encontrado estabilidad personal y deportiva en el Leyma Coruña


Mathieu Kamba, que practica su bote con dos balones y su tiro exterior, es el único jugador del Leyma que sigue sobre el parqué cuando Jeff Xavier se acerca. Se han cumplido diez años desde que llegó a la LEB Oro, recién aterrizado desde la universidad. Al ver impresa la primera entrevista que concedió a La Voz de Galicia como jugador del Breogán, accede a posar como en aquel mes de octubre del 2009. Guarda muy buenos recuerdos de aquellos inicios. «Para mí Lugo es especial. ¡Chico! Esa afición… Me encantaba jugar en casa», reconoce.

Esta fue la foto que acompañó a la primera entrevista que Xavier concedió a La Voz de Galicia como jugador del Breogán en octubre del 2009. Tenía 24 años y llegaba a Lugo tras ser una de las sensaciones del Afrobasket del 2008.
Esta fue la foto que acompañó a la primera entrevista que Xavier concedió a La Voz de Galicia como jugador del Breogán en octubre del 2009. Tenía 24 años y llegaba a Lugo tras ser una de las sensaciones del Afrobasket del 2008.

Una década y un puñado de equipos después, Jeff Xavier (Rhode Island, 1985) es el líder indiscutible del vestuario del Leyma Coruña. Sergio García, al que ya conocía de su etapa en Palencia, le ha dado galones. Entrenador y escolta tienen un vínculo especial que se aprecia tanto en los partidos como en el día a día. «Creo que compartimos muchas cosas. Siempre queremos más. Tenemos la misma pasión por la victoria y el trabajo duro, y eso me encanta», recuerda en medio de una lluvia de elogios al técnico.

El jugador es el único del vestuario coruñés que pasa de la treintena. De hecho, está más cerca de ser de la quinta de su entrenador que de la de alguno de sus compañeros, pero se siente cómodo en su nuevo rol. «Mis compañeros saben que he ganado campeonatos en esta Liga. Sé cómo se gana y me escuchan. Eso es muy importante para mí», comenta.

A simple vista, las únicas diferencias que ha dejado el tiempo en Jeff Xavier han sido una nutrida barba y algo más de tinta en su piel. Pero nada más lejos de la realidad. El amor y la paternidad han llenado los huecos que el escolta solía cubrir con noches de fiesta y comida basura.

«No es ni parecido a lo que era antes», dice antes de tomar una buena bocanada de aire que expulsa resoplando y dejando claro que los recuerdos brotan. «Te hablo incluso de tres años atrás. Básicamente, toda mi carrera hasta que llegué aquí. Cambié al cien por cien. No bebo, no salgo de fiesta y no me acuesto tarde. Ahora mi mujer y yo somos veganos. Soy más maduro de lo que nunca he sido. Coruña ha sacado mi mejor versión. Ahora cuido mi cuerpo, como bien, duermo bien y llego listo para entrenar y jugar por el club, por la ciudad, por mis entrenadores, por mis compañeros y por mi familia», asegura sin esconder su etapa más vulnerable. Porque no siempre fue así. «Comía en McDonald’s, salía por las noches dos días antes de un partido, no me preocupaba por nada. ¡Man! —dice con un énfasis difícilmente traducible—, era terrible. Pienso en todo lo que hice y si no fuese por lo que tengo ahora, es probable que siguiese haciéndolo. Mi mujer y mi hija han cambiado mi vida», reconoce con absoluta devoción hacia ambas.

«No bebo, no salgo de fiesta, me acuesto pronto... Coruña ha sacado mi mejor versión», Jeff Xavier

Su familia es una presencia habitual en las localidades privilegiadas del Palacio. A ras de pista, buscando un carrito de bebé, es fácil localizarlas. «No hay ni una sola cosa más importante que ellas en toda mi vida», insiste. «Si estoy teniendo un mal partido, si estoy tirando mal, miro hacia ellas desde el banquillo y mi mujer levanta un poco a mi hija. Yo la veo y no puede ser más importante para mí. Cambia totalmente mi mentalidad cuando vuelvo a la cancha. Pienso ‘Da igual cómo estuviese jugando, voy a hacerlo bien por ellas’. Básicamente, juego por ellas», asegura.

Todo encaja este año para el 23 naranja, que también se rinde a una ciudad a la que llegó de casualidad tras un calvario de lesiones en Francia y que eligió por la cercanía con Oporto, donde vive la familia de su mujer. «Yo vivía allí y pasaron cosas relacionadas con mi suegro. Quería estar cerca de casa, de mi mujer y de su familia. No quería estar lejos», reconoce. Así empezó una etapa tan inesperadamente feliz.

«Si estoy jugando mal, miro desde el banquillo a mi hija y a mi mujer y cambio totalmente», Jeff Xavier

«Cuando me lesioné, estuve cinco o seis meses sin jugar. Quería demostrar que aún podía jugar. Nunca creí que iba a estar tan cómodo. Cuando acabó el año, mi mujer me dijo, ‘ojalá podamos seguir viviendo aquí’», confiesa Xavier. Y en eso está. No esconde que si su futuro estuviese únicamente en sus manos, Coruña sería su casa. «Creo que puedo tener dos o tres años más de mi mejor baloncesto y quiero pasarlos aquí. Eso 100 % seguro», Un porcentaje demasiado alto para ser un farol.

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