Así vive un partido de baloncesto
una persona sin visión

Un periodista de La Voz de Galicia experimenta la sensación de acudir a un encuentro con los ojos completamente tapados y con la única ayuda de su guía y de un sistema real de audio-descripción en fase de prueba en el que trabaja el Ayuntamiento de A Coruña


No soy ciego. Mi única limitación visual se corrige con unas gafas con lentes progresivas que me permiten ver perfectamente. Así que la experiencia que voy a relatar es válida para saber lo que siente una persona que, de la noche a la mañana, pierde la visión. No para alguien que padezca esta deficiencia de nacimiento o desde hace años, puesto que con el tiempo habrá logrado un desarrollo de los otros sentidos que el resto no poseemos ni de lejos.

Con este matiz claro, me dispongo a experimentar una mañana diferente. Un partido del Básquet Coruña con los ojos completamente tapados y en compañía de Jesús Suárez, un invidente que impulsó la puesta en marcha del Sistema Escoita, que el concello de A Coruña trata de hacer realidad. Este proyecto, en fase experimental, permitirá a las personas con discapacidad visual recibir en tiempo real la audio-descripción de las actividades que se programen en los dos principales escenarios deportivos de la ciudad, tanto en el estadio como en el Palacio de los Deportes de Riazor.

Son las doce menos cuarto de la mañana y acudo a la puerta 6 del polideportivo coruñés. Quiero vivir la experiencia desde la misma entrada. Pongo el antifaz. Me siento algo nervioso. Desubicado. Me acompaña, a modo de lazarillo, Julia, mi hija. Imposible mayor confianza. Pero, pese a ello, me siento inseguro.

Cruzo la puerta de entrada. Camino a paso lento. Muy lento. No me atrevo. Noto una indefensión absoluta. Juan Ignacio Borrego, concejal de Deportes del ayuntamiento de A Coruña, está atento. Me habla. Pero voy tan pendiente de no tropezar, de no chocarme con nada, de no poner un pie mal, que no soy capaz de atender a todo.

«Ahora un pasito a la derecha, gira un poco más... Cuidado, un escalón. Recto. Sin miedo, que no hay nadie», me va indicando mi guía.

Cientos de veces había accedido al Palacio de los Deportes por esa misma puerta. O una similar. Creía que me conocía todas y cada una de las rampas y escalones que había. Incluso una vez en las pistas de atletismo, intuía que sabría perfectamente dónde estaría la cancha y la grada. Qué equivocado estaba.

Una vez ya en las calles que rodean la pista de baloncesto, me sentí más desorientado aún. El sonido de la megafonía era alto. No más que otros días. Pero esta vez me pareció atronador. Y allí estaba yo, en medio de no sé dónde, intentando adivinar mi posición. Alguna gente se acercaba. Me saludaba. Me presentaron a unos y a otros. Trataba de quedarme con sus voces para el futuro. Reconozco las voces de los periodistas Moncho Viña y Susana Falcón (serían los que se encargarían posteriormente de la narración-descripción). Era fácil, porque minutos antes, cuando todavía tenía visión, había estado hablando con ellos y sabía que era posible que estuvieran ahí.

Sigo desorientado cuando alguien se me acerca: «Hombre, Álex, ¿eres capaz de adivinar quién soy?». La voz me era familiar. Pero precisé escuchar unas cuantas palabras más antes de aventurarme a decir que era Tino Fernández, el expresidente del Deportivo. Y eso que durante los cinco años de mandato en el club coruñés fueron numerosísimas las ocasiones en las que había escuchado su voz. Reconocerlo me produjo satisfacción, pero la tardanza en hacerlo me dejó algo desconcertado.

Toca dirigirse hacia el lugar desde el que seguiremos el partido. No soy capaz de despojarme de la desconfianza que me persigue. He caminado unos pocos metros y ya no tengo ni la más mínima idea de dónde me encuentro. Me advierten de que hay un pequeño escalón y a continuación otro antes de acceder a los asientos. Incluso algo tan sencillo como es sentarme me lleva tiempo. No acierto a adivinar mi ubicación. Me explican que en la zona central del Palacio en la fila 1. Sinceramente, pensaba que estaba en la pista en una pequeña tarima.

Estoy ya dispuesto a empaparme del partido. Me coloco el auricular del receptor. Como el proyecto está en período de prueba, hay fallos. Tarda unos minutos en escucharse la retransmisión. Se me hacen larguísimos. No sé qué está pasando. Mi hija me va contando hacia dónde ataca cada equipo, cómo visten, el tanteo... Pero me sigue faltando información. De repente, se escucha a Susana Falcón por el auricular. La sensación es gratificante. Un nuevo mundo se abre ante mí.

Y sigo experimentando sensaciones. Sorprendido, comparto con Jesús lo que noto. Me indica que es normal. Totalmente a oscuras, mientras escucho por un oído la retransmisión, por el otro se cuelan conversaciones que estoy seguro de que en otra situación nunca atendería. Son comentarios intrascendentes que hacen mis vecinos de localidad pero que, sin querer, me invaden. También percibo otra sensación curiosa. Estoy habituado a ver los encuentros de cualquier equipo con tranquilidad. Sin alterarme. La mayor parte de las veces trabajando. Pero incluso cuando voy por afición, no soy muy dado a animar. En esta ocasión, la inmersión era total. Sin darme cuenta, iba acompañando con las piernas y las manos los golpes de bombo que llegaban desde la zona del Tsunami Naranja.

La siguiente sorpresa llega cuando caigo en que llevo minutos sin hablar con nadie. Sin relacionarme. Cuando me había propuesto realizar este reportaje imaginaba que al estar sin visión iba a tener una necesidad mayor de la habitual de hablar con la persona que tuviera al lado. Sin embargo, es todo lo contrario. Me encierro en mi mismo. No necesito más que ese auricular que me va contando lo que sucede en la cancha y mi imaginación que va reproduciendo con nitidez cada canasta, cada personal, cada tiempo muerto...

Sin darme cuenta acabo tan metido en el partido que me olvido de que el Sistema Escoita está en período de pruebas y por momentos deja de escucharse. Pero incluso en esos momentos sigo vibrando con cada jugada. Y, así, los últimos instantes del partido no preciso ya ni guía. Casi llego a intuir en cada acción que ha pasado. El aplauso de la grada no es el mismo cuando Kamba conecta un triple, que cuando hace una chapa a un rival. Incluso creo que llego a descifrar los silencios de la afición después del bullicio para desconcertar a los jugadores del Castellón que tratan de igualar el partido.

Los segundos pasan y el bocinazo final me hace apretar los puños en señal de victoria. Ha concluido el partido. Pero a mi experiencia todavía le queda un capítulo: el de la recuperación de la visión.

Retiro el antifaz y tardo unos segundos en ubicarme. Veo gente alrededor. La mayoría más que conocidos. Pero estoy aturdido. Me cuesta centrarme. Las sensaciones vividas han sido tan intensas que respiro con fuerza como aquel que se despierta de una pesadilla. Las dos horas de ceguera que viví me han hecho valorar todavía más la visión y comprobar que iniciativas como la de Jesús Suárez y la concejalía de Deportes del concello de A Coruña más que actos de generosidad son actuaciones de justicia.

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