Roger Federer tira de su talento infinito ante Nadal y pasa a la final de Wimbledon

El suizo gana al español en cuatro sets y jugará la final contra Novak Djokovic, verdugo de Roberto Bautista


En agosto cumplirá 38 años, tiene cuatro hijos, comparte su vida en las redes sociales, atiende continuos compromisos publicitarios y también juega al tenis. Como siempre. Como nunca. Por eso Roger Federer ganó este viernes a Rafa Nadal por 7-6, 1-6, 6-3 y 6-4 para jugar el domingo la final por su noveno título de Wimbledon. Lo nunca visto, una vez más, lo habitual para el maestro de los veinte grand slams. Enfrente, tendrá a Novak Djokovic, que antes había superado a Roberto Bautista en cuatro sets. La historia interminable de Federer, el idilio de nunca acabar con la catedral del tenis, tuvo un prólogo en su etapa júnior, cuando hizo doblete (victorias en individual y dobles), pero la fecha fundacional de su historia de amor con el All England Club la marca su victoria del 2001 ante Pete Sampras. Aquello significó el relevo simbólico en el juego de hierba, en la estrategia de saque y red, en el tenis de ataque, al que se considera como algo del pasado cada cierto tiempo, de forma cíclica, para los agoreros de la robotización del juego.

Federer no le ganó a Nadal por su servicio, ni por su volea, ni por su capacidad para tomar la iniciativa. Le ganó por un un compendio de virtudes a un rival algo encogido, lejos de una mejor versión que habría ofrecido una semifinal mucho más pareja. Porque de un tiempo a esta parte la propuesta del suizo es más completa, porque sabe (también) madurarle los puntos desde el fonde de la pista si hace falta.

Como un homenaje al escenario, Federer y Nadal describieron un primer set marcado al ritmo del servicio. Ni un break hasta que en el desempate el suizo estuvo mucho más fino. Del dolor nació (¡como tantas veces!) la reacción de un jugador obligado, empujado, animado a atacar, convencido de que tenía que hacer algo más ante el gran señor de la hierba. La reacción comenzó con un break en blanco con 2-1 para el español, hasta ganar por 6-1 el segundo set.

Quince años de enfrentamientos, algunos como el más bello de todos los tiempos en la catedral, el de la victoria de Nadal en el 2008, han terminado por generar una simbiosis entre ambos genios. Un Federer más estratégico, más sufridor, más capaz de rehacerse de un golpe como el de Nadal por 6-1 en la segunda manga. Por eso volvió centrado, sin dramas, para retomar su camino. Con mejores porcentajes con el servicio (marca de la casa), con capacidad para sobrevivir a aquella bola alta sobre su revés con la que su peor enemigo le había castigado tantas y tantas tardes. Federer se aprovechó de un rival algo desdibujado, con la mejor actitud siempre, pero falto de cierto tenis. A cada punto, Nadal trataba de animarse, pedía optimismo a su banquillo, intentaba convencerse de que era posible el vuelco. No lo fue. En dos mangas casi calcadas, el suizo ganó por 6-3 y 6-4 en los dos últimos sets. El reencuentro en Wimbledon después de El Partido del 2008 terminó con revancha. El talento de Federer tiende al infinito.

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