Hoy se celebra el Gran Fondo Ézaro en Dumbría. Una prueba que, de la mano del consistorio y de Ezequiel Mosquera, su gran impulsor, sigue creciendo en el panorama ciclista nacional -tiene desde el año pasado categoría UCI- y consolidándose como una de las carreras más importantes, a la par que cautivando a cada vez a más corredores. Aficionados, profesionales y campeones de absolutamente todo, como Miguel Indurain. El navarro, cinco veces ganador del Tour de Francia, estará en la línea de salida junto a su gran rival del pelotón, Claudio Chiappucci, además de otros nombres con solera, como el de Pavel Tonkov, ganador del Giro de Italia en 1996.

Lejos quedan aquellas tensiones noventeras en el pelotón. «Con Claudio ya he tenido muchas batallas. Ahora venimos a promocionar nuestro deporte, que es la bici, en un evento que Ezequiel ha preparado con mucho mimo durante todo el año», comentaba Indurain a los periodistas. El exciclista español, junto al italiano y al ruso, pedalearon medio centenar de kilómetros junto a un grupo de aficionados y periodistas atravesando los ayuntamientos de Fisterra, Corcubión, Cee y Dumbría en una ruta organizada por el Banco Santander.

Apretar los dientes

No es la primera vez que Indurain y Chiappucci acuden a la cita. En el 2015, ambos experimentaron la escalada por esas rampas de hormigón del 30 %, camino del Mirador do Ézaro. Una zona en la que hasta un pentacampeón en París reconoce que «hay que apretar los dientes». Es lo que los muchísimos aficionados que esta prueba congrega buscan: ver retorcerse hasta a los más grandes. E Indurain lo sabe. «Ahí cada uno a sobrevivir. Eso a la gente le gusta».

Como aperitivo, ayer se confirmó que, a los 54 años, Indurain llega con un gran físico. Hace mucho que colgó la bicicleta, pero, cuando en ese paseo para cicloturistas la carretera se empezó a empinar al pasar por Sardiñeiro y Estorde, se notó quién era profesional y quién no. Hablaba tranquilamente con el de al lado sin tener que levantarse del sillín, mientras el resto del grupo caían como moscas. «Es un terreno típico de Galicia. Sube y baja constantemente, pero no es excesivamente duro», comentaba luego Indurain, sin signos de cansancio en el cuerpo. El navarro no se deja seducir demasiado por los avances tecnológicos en el ciclismo. Su bici estaba equipada con un cambio mecánico y todo fue como la seda. «Non se complica a vida nada», cometaban desde la furgoneta de asistencia mecánica.

No fue así para Chiappucci, al que la modernidad de su cambio electrónico e inalámbrico con conexión Bluetooth le jugó una mala pasada. No pudo cambiar de marcha en 50 kilómetros, lo que le obligó a marcar su propio ritmo para no quedarse clavado. Llegó el primero al final del recorrido, en otra muestra de que el tiempo no pesa tanto para aquellos que han sido profesionales de este deporte, por mucho que el de Villava asegurase después que los años se van notando.

Una vez se bajaron de la bicicleta, Claudio y Miguel, dos auténticas leyendas de este deporte, compartían comida y conversación con Ezequiel Mosquera entre una nube de curiosos y peregrinos que pusieron a prueba la paciencia de Indurain -es infinita- con todo tipo de peticiones de fotos y selfis, demostrando que su huella en varias generaciones de aficionados al ciclismo continúa muy presente.

Repechos

Al conversar con él, Indurain confiesa que le gusta Galicia. El asfalto, con sus subidas y bajadas perennes, siempre le vino bien y de aquí guarda muy buenos recuerdos. «Siempre he preferido carreteras así. Terreno de repechos», aseguraba. «He corrido mucho aquí en Galicia, he ganado la Vuelta a Galicia y en el 1985 me puse líder de la Vuelta a España en Ourense en mi primer año como profesional». Tiene buena memoria el excorredor del Banesto. Fue un 25 de abril de una ronda que acabaría con Perico Delgado en lo alto del cajón. «Luego ya he ido descubriendo puertos más duros por la zona, de esos que superan el 25 %, y que ya me gustan más», comentaba.

A partir de las 9 de la mañana de hoy, estos monstruos de las dos ruedas volverán a verse las caras. No saltarán chispas ahora. Tal vez nunca las hubo, ya que Chiappucci asegura que, aunque cada uno defendiese lo suyo, siempre han tenido muy buena relación. Ahora disfrutan de Galicia y del asfalto sin presión. «Me han dicho que es una zona tranquila. Es lo que buscamos la gente a la que nos gusta la bici. Tener buenos repechos, puertos, paisajes y sitios buenos donde comer», confiesa Indurain. Hecho, pero antes toca sufrir.

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Cinco Tours subiendo el Ézaro