La final de Copa del Rey, a lo que quiso Marcelino

El técnico del Valencia llevó el partido a las bandas, donde el Barcelona no encontró respuestas


Hora y media esperando a Suárez para que cuando el uruguayo se presentó por fin, pantalón largo y gorra del revés, fuera ya el tiempo de los abrazos y las palmaditas de consuelo. Saltó al campo en chándal el delantero con la misión de limar la importancia anímica que tiene perder un torneo menor en la victoria y enorme al caer. Una Copa insuficiente para disimular el roto de la que el Barça perdió en Anfield, pero capaz de engullir a un entrenador que se quedó a tres partidos de ganarlo todo esta temporada. Demasiado margen de error cuando se ocupa el banquillo culé.

El dedo volverá a acusar a Valverde, quien hace nada tuvo la mala fortuna de ser refrendado por su presidente; ese fatal anticipo de que todo lo malo está por llegar. El aire que fue perdiendo el entrenador del Barcelona bajó por la AP-7 para sostener a Marcelino frente a esa eterna insatisfecha hinchada del Valencia. Poco antes de cambiar el año, la grada de Mestalla despedía con pañuelos al técnico que medio curso más tarde les ha metido en Champions y les ha dado un título que festejar.

En la pizarra del míster se dibujó ayer la victoria che, aprovechando al máximo un cuadro de debilidades y fortalezas que tenía marcadas las bandas en color carmesí. Las autopistas de Gayá y Soler fueron de sentido único y se convirtieron en comarcales para el tránsito de Semedo y Jordi Alba, permitiendo al Valencia escorar de su lado el encuentro en la primera mitad. Hace varias temporadas que se acabó el cuento de que los carrileros son un asunto menor en la formación del plantel. En Alba ha residido gran parte del tronío del Barça y por él se empezó a descoser. Incapaz en Liverpool y desbordado en el Villamarín durante un esprint que pareció arrancar en ventaja para verse batido por otro galgo con mayores reservas después de tantos meses de correr.

Valverde, con Suárez operado en mala hora y sin delanteros en la nevera, quiso resolver por el centro, sabiendo que a cualquier incursión por banda le faltaría rematador. Marcelino respondió con dos. Gameiro aprovechó el centro atrás de Gayá y Rodrigo puso la cara a un inteligente pelotazo de Soler. Para cuando el entrenador azulgrana reparó en los costados había poco que hacer. Lo intentó Malcom y también Piqué, metido ya desde el 54 en la piel de goleador. Estuvo a punto de hacerse con ella quince minutos después. A Vidal, la otra opción en el área, le falta vuelo, y al muro de contención valenciano le bastó con rodear al 10 rival cada vez que Alba se aproximó al área con balón.

En inferioridad por ausencia de Coutinho, y sin más material ofensivo, el empeño de Messi dejó al Barça a un gol. Pero ahí murió, incapaz de tomar unas orillas por las que Marcelino decidió la final.

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Una hora antes de que los dos finalistas de Copa saltasen al césped del Benito Villamarín los dos entrenadores anunciaron las cartas que pondrían sobre la mesa. Marcelino despejaba la gran duda del cuadro ché apostando por Soler en el ataque de la banda derecha y Wass en el lateral guardándose a Piccini, la más ofensiva de sus opciones. Valverde, sabiendo que el partido era un plebiscito a su continuidad, dio la enésima oportunidad a Coutinho -una apuesta condicionada por las bajas de Suárez y Dembelé- y renunció a Arturo Vidal. El chileno, la pieza que engranó la solidez liguera del Barça, es también un elemento polémico, un enfrentamiento constante con los puristas del estilo Cruyff. Para muchos, el fin del estilo que Guardiola rescató para Can Barça. Quiso recuperar el txingurri el ADN Barça a costa de renunciar al suyo propio e introdujo en el centro del campo a Athur al que le pesó mucho el 8 con el que un año antes Andrés Iniesta hizo trizas al Sevilla en esta misma cita.

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