El atasco del Everest


Conversación de tarde y café con leche. «¿Y a dónde vais este año, Candela?», pregunta Puri mientras comprueba el principio de Arquímedes con una pasta danesa. «Pues no sé, habíamos pensado en subir al Everest, pero es que no quiero encontrarme con los vecinos. Es que no sabes cómo está aquello últimamente, hija, es que no corre el aire. Es que ahora todo el mundo puede permitirse lo del oxígeno. Mejor nos vamos a Benidorm, que estaremos más tranquilos». Puede parecer ciencia-ficción, pero el diálogo no es tan descabellado. Es cierto que para los profanos en cuestiones de montaña es difícil de entender esa batalla contra la mole, el deseo de arriesgarse al más puro infierno por una cima. Pero si el pico legendario en cuestión se convierte en una estación del metro de Tokio en hora punta la hazaña sí que se queda desvestida de toda épica. Solo falta que instalen unos baños públicos arriba del todo. O que alguien dé un concierto de masas en la cumbre. O que organicen despedidas de soltero. O que lleguen a pasar calor haciendo cola mientras afrontan la última subida. El mundo está digiriendo nuevas dosis de masificación en los lugares más insospechados, en las actividades más extrañas. Y, en este caso, a costa de un buen puñado de vidas. Nunca el precio del surrealismo ha sido tan elevado. No hace tanto que era vecina de aquellas tierras lejanas una señora llamada Elizabeth Hawley, una periodista de Chicago que se enamoró del Himalaya y que se dedicaba a dar fe de que un montañero había escalado el Everest o de que había alcanzado otros picos codiciados. Registraba las expediciones, documentaba los ascensos. Cazaba a los alpinistas tramposos después de hablar con sus supuestos sherpas. Su certificado era una garantía para los aspirantes a la gloria helada. En Nepal hay una montaña de más de seis mil metros que lleva su nombre, la cima Hawley. Esta mujer se retiró en el 2016 y dejó la tarea en manos de Bill Bierling. Falleció en el 2018 con 94 años. Una de las pocas ventajas de la muerte es que exime de tener que presenciar los lamentables espectáculos que puede ofrecer la posteridad.

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