¿A qué juegas, Nick Kyrgios?

Se burla de sus rivales, se deja ganar, simula dormir, hablar por teléfono o masturbarse durante los partidos, acumula sanciones... Así es el australiano que abochorna al mundo del tenis y acaba de ser descalificado en Roma tras tirar una silla a la pista


Lo ha vuelto a hacer. Esta vez, en Roma. Kyrgios se marcha de otra prueba con una escena impresentable. Descalificado. Después de perder el saque en el tercer set, con 1-2 frente a Casper Ruud, se encaró con el juez. Ha tirado la raqueta, primero, para irse después hacia su asiento, coger la silla y lanzarla en medio de la pista. Tras ser eliminado, Ruud se clasifica por 6-3, 6-7 (5), 2-1. Otra más en la extensa hoja de faltas del australiano. Kyrgios volvía a elevarse por encima de su tenis por ese elenco de groserías a las que gusta, quizá para elevar su repercusión, poner el ventilador. En el Masters 1.000 de Roma todavía no han olvidado la que era, hasta hoy, su penúltima bufonada.

Le ganó a Daniil Medvedev, en tres sets, tras ejecutar varios saques haciendo la cuchara, ofrecerle el trasero a su oponente al lograr un punto, marcarse un «willy» entre las piernas, tirar una bola por encima de las gradas o juguetear a hacer malabarismos con su raqueta mientras el ruso se disponía a ejecutar su saque. En los corrillos, y en el tendido, pidieron su descalificación. Pero el discreto número 36 en la clasificación de la ATP sigue su ruta, pendiente de si tiene que afrontar su enésima sanción. «Si me quieren multar, que me multen. No me importa que me silben, ni que hayan pagado su entrada. ¿Por qué tendría que respetarlos?, respondió a los pitidos que le devolvió la grada. 

No es el tenis un deporte amigo de estridencias, ni de gamberradas sobre la pista, y mucho menos encaja en su manual las continuas faltas de respeto a los compañeros. Nick Kyrgios (Canberra, 1995) no solo se aleja de lo cabal, en su historial pesan ya más los enfrentamientos y las sanciones que su propio tenis. Hijo de griego y de malasia, Kyrgios no se lleva tan mal con la raqueta como con la educación: sorprendió a Rafa Nadal en octavos de final sobre el pasto de Wimbledon ya en el 2014, tras tres horas de partido. En la primavera siguiente, llevó a la cuneta del Masters de Madrid a Roger Federer en segunda ronda. También ha vencido a Djokovic, el último en recibir su latigazo verbal: «Tiene una obsesión enfermiza con ser querido. No puedo soportarlo. Puede conquistar todos los Grand Slams que quiera que nunca será el mejor. Le gané dos veces y no hice mucho esfuerzo», le dedicó en los micrófonos del canal que el New York Times le reserva al deporte de la raqueta.

 Ya en el 2015, Kyrgios fue sancionado con 225.000 euros por su bochornoso espectáculo en el partido de octavos de final de Winbledon ante Richard Gasquet: renunció a devolver las bolas, se apartó en los saques y se dejó ir en una derrota a la que no opuso la menor resistencia. La multa se incrementó por insultar al francés durante el partido -2.000 euros más- y por dañar las raquetas, otros 2.750 euros. Entonces, a sus 20 años, ocupaba la plaza 29 de la ATP

Apenas tardó unas semanas en volver a ser multado. Esta vez, por un voraz ataque a Stan Wawrinka, al que acababa de apear del Masters 1.000 de Montreal, tras retirarse el suizo en el tercer set. Kyrgios se había puesto 40-0 en el comienzo del segundo, cuando espetó al helvético una frase que fue recogida por los micrófonos de la pista: «Kokkinakis se ha acostado con tu novia, siento decírtelo colega».

 

La pareja de Wawrinka era otra tenista, la croata Donna Vekic. Fue abucheado cuando salió a la pista para medirse a John Isner, que lo derrotó en octavos de final, y sancionado con 21.500 euros.

En el Open de Estados, de ese 2015, Kyrgios se marcó otra de sus peculiares escenas. Tras perder el primer set, ante Andy Murray, se tumbó en la silla y se quedó dormido. «Sólo me echaba una siesta. Es bueno para la salud», respondió ante la prensa, atónita, a la conclusión.

 

Llegó el Abierto de Australia y Kyrgios continuó su particular show. Berdych lo eliminó en tercera ronda. Cuando el checo le dio la puntilla, se encaró con el árbitro. «¡Tío, suena música en la grada mientras estamos jugando! ¡Te lo he dicho siete veces!». Y se marchó dando golpes con su raqueta a la silla del colegiado.

En su turno de dobles, competía con su compatriota Ajla Tomljanovic frente a la pareja Mirza-Dodig. En uno de los descansos, y ante la mirada atónita de su compañera, sacó el teléfono móvil y contestó la llamada de un amigo.

Y aquella desidia, por la que fuera sancionado meses antes en Winbledon en su duelo con Gasquet, volvió a ser elocuente en su visita a Shangai. Nick se borró de su partido frente a Zverev, dejando muestras continuas de pasotismo sobre la pista. Se encaró con un asistente entre el público. Volvió a ser multado. 25.000 euros y ocho semanas sin competir por «falta de esfuerzo y abuso verbal contra un espectador». Un periodista le reprendió por su actitud a la salida: «Si no te gusta, no te pedí que vinieras a verme, simplemente márchate, y si eres tan bueno dando consejos, ¿por qué no estás en el circuito?», le respondió Kyrgios en otra irreverencia.

 

«Jugué 18 torneos el año pasado, me dejé ganar en ocho, y aún así sigo siendo Top-20», se burló luego. En su regreso a Shangai, un año después, abandonó su partido de primera ronda ante Steve Johnson tras perder el primer set y discutir acaloradamente con el árbitro. «No, no estoy lesionado», aclaró por si la duda ofendiese. Los quiebros al bolsillo no parecen afectarle. Otros 15.000 euros le fueron reclamados en Queen´s el pasado verano. Durante su partido de semifinales, que le medía a Marin Cilic, agarró una botella de agua y simuló que se masturbaba.

 

Sus rivales le han pedido respeto. Pero Kyrgios siempre devuelve la bola en forma de ofensa. «La edad no es excusa, el mundo del tenis debería ser un ejemplo para los niños», le dedicó, instructivo, Rafa Nadal. «No voy a respetar a alguien sólo porque pueda golpear una pelota por encima de la red», le replicó Nick. Y fue más lejos, en esa reciente conversación con NCR Tennis, para calificar a otro español, a Fernando Verdasco. «Es la persona más arrogante de la historia, se cree Dios y tiene un revés muy normalito». Otra ofensa. Kyrgios seguía haciendo amigos en pista. No parece importarle demasiado. Sus virtudes con la raqueta son solo un tercer plano. El pasado marzo, en Acapulco, se proclamaba campeón tras derrotar a Zverev, número 3 del mundo.

«Salí todas las noches y gané el torneo. No me acostaba nunca antes de las 4:30. Tenía que jugar un partido y en el mismo bolso guardaba la ropa que iba a usar para salir a la noche», apostilló después. Su márketing reside en un personaje maleducado, histriónico y macarra que vive en un desafío permanente. Al mundo del tenis le provoca sarpullidos. A Nick, parece importarle bien poco. 

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