El balonmano gallego está en la uci

La falta de una estructura profesional y la dependencia excesiva de subvenciones pone en jaque la supervivencia de clubes históricos en Galicia


Sobrevivir es la palabra a la que se acoge el balonmano gallego. Intenta caminar por una cuerda que se sostiene en un extremo por las subvenciones públicas y en el otro por los patrocinios empresariales. Así deambulan cada temporada esperando que no haya un traspiés que rompa esa línea de vida. Cualquier imprevisto los pone en una situación de debilidad que en algunos casos los lleva a la uci, donde sobreviven con una bombona de oxígeno que puede acabarse en cualquier momento.

La posibilidad de que un histórico del balonmano gallego como el Octavio desaparezca ha fijado la mirada en la salud de una disciplina que ha dado muchas buenas tardes a sus aficionados. Dos equipos en Asobal mantienen activa la élite en Galicia a un precio demasiado alto. Con apenas 30 kilómetros de distancia, Teucro y Cangas caminan de puntillas por una categoría que lleva sus cuentas al extremo. Entre el 35 y el 40 % de sus presupuestos de ingresos dependen de las subvenciones de la Xunta, Diputación y concellos, que a través de patrocinios o ayudas directas aportan un montante que supera con creces los cien mil euros.

Pero, ¿qué ocurre cuándo estas ayudas se retrasan? El efecto inmediato es la falta de liquidez y por tanto el impago de parte de sus obligaciones. En el caso del Teucro, los jugadores llevan tres meses sin cobrar pendientes de que entren unas inyecciones atrasadas que desbloqueen esta situación. La mala gestión anterior ha llevado a la actual directiva a tener que ajustar sus cuentas para mantener la viabilidad deportiva y económica, algo que inevitablemente tiene que caminar de la mano. En los próximos cuatro años tendrá que hacer frente a una deuda concursal de 246.000 euros. Ahora es penúltimo en la clasificación de la Asobal.

El que durante años fue su eterno rival, el Octavio, está en trámites de preconcurso después de que este año viva un dramático descenso a Autonómica. Un equipo fundado en 1966 y que llegó a jugar competición europea podría decir adiós. «Nosotros al menos, tenemos los pagos al día, no debemos nada a nadie», explica el presidente del Frigoríficos Morrazo, Manuel Camiña, que este año todo apunta a que se salvará del descenso. Avalados por un fuerte patrocinador que lleva casi treinta años con ellos son capaces de sortear una crisis endémica en Asobal, que les obliga a tener diez jugadores profesionales y a pagar un canon que ronda los 45.000 euros al año.

¿Más apoyo?

Tanto el responsable del Teucro como el del Cangas coinciden en afirmar que falta apoyo institucional, pero sobre todo compromiso empresarial. «Mira que pateamos sitios, pero no hay compromiso, hace falta apoyo empresarial y de la Administración, como pasa en otros equipos españoles», señala el director económico del Teucro, José Ameijeiras, que ve cómo eso es determinante para la competitividad.

Pero los problemas del balonmano van más allá. Compiten en una liga profesional sin tener una estructura acorde. La supervivencia de estos equipos y de otros muchos españoles deben mirar a las ligas alemana o francesa donde la gestión está profesionalizada y los clubes funcionan como empresas rentables. Y es que la mirada cortoplacista de los resultados no permite una reestructuración a medio y largo plazo que imprimiría esa salud económica a los equipos.

Desde la Federación Galega de Balonmán, su presidente, Bruno López, es muy claro: «No se puede vivir de subvenciones, en esta país está muy asimilada la cultura de no pagar y deber arbitrajes o nóminas». Asegura que la institución que preside tiene una deuda que ronda los 20.000 euros de arbitrajes pendientes por parte de los clubes. «El balonmano pontevedrés está pasando una situación muy delicada, pero existe un gran desconocimiento de la gestión deportiva», concluye López.

Muchos de los dirigentes de estos clubes siguen una inercia que les ha llevado en los últimos años hasta una situación de supervivencia, que la crisis vino a agravar. «Yo disfruté mucho con el balonmano y ahora lo tengo como un castigo, vivimos en una economía de guerra». Así resume Camiña un sentir que se podía hacer extensible al resto. Nadie quiere coger el relevo y los que están, dirigen desde el corazón unos equipos que requieren una estructura profesional.

En países de nuestro entorno, los clubes funcionan como empresas en lo deportivo y en lo empresarial convirtiendo al equipo en el producto vendible, que saca rentabilidad de cada acción. A menor escala, el Xallas, de Santa Comba, en Segunda Autonómica, vive con holgura sin subvenciones siguiendo este modelo empresarial que haría más segura esa línea de vida para poder agarrar a los equipos a la competición.

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