Iris Sanjuán: «A los 23 mi rodilla ya no servía»

La exportera del Porriño se retiró del balonmano tras tres operaciones y con secuelas que arrastrará de por vida


Vigo / La Voz

La que fue portera del Porriño de División de Honor femenina Iris Sanjuán ha tenido que aceptar no solo que nunca volverá a jugar al balonmano, sino también que la lesión de rodilla que la apartó definitivamente hace un año y cuando tenía 23 le ha dejado secuelas con las que tendrá que convivir el resto de sus días. Asegura que tras una larga lucha lo ha superado y lo cuenta con serenidad, sin poder evitar emocionarse cuando entra en detalles sobre una pelea en la que dio lo mejor de sí sin obtener recompensa alguna.

Las primeras señales de alarma llegaron cuando tenía 16 años. «Me hice daño en la rodilla y algo pasó, pero el traumatólogo dijo que estaba bien y seguí jugando», recuerda. Ya empezaba a hacerlo «vendada y forzando», partiendo de la base de que «no era nada». Hasta que llegó un momento en el que la articulación no se le bajaba y la inflamación era constante. «Ahí vieron que había rotura de menisco y me operaron. La rehabilitación costó, pero volví sin problema», relata.

Con las fechas del proceso marcadas a fuego, Iris explica que el 18 de noviembre del 2016 fue una fecha clave en su viacrucis. «En un entrenamiento fui a hacer un cambio de dirección en portería, fijé la rodilla para irme al otro lado y sentí tal pinchazo que pegué un grito y me senté». Quiso continuar, pero al lanzarle una compañera terminó de nuevo en el suelo. «Sonaba raro, pero como era la rodilla mala creí que era un mal día».

En el siguiente entreno las cosas no mejoraron. «No era capaz. Quería coger velocidad o hacer un desplazamiento y era imposible. Acababa llorando», cuenta. Sacando un contraataque sintió que se le había salido. «El fisio me pidió que no volviera hasta que viera al traumatólogo. A mí no quiso decírmelo, pero a mi compañera de piso le confesó que creía que yo estaba rota».

En esa nueva visita a un especialista se confirmó el «desastre» que presentaba Sanjuán. Rotura de ligamento lateral, cruzado, edema óseo, condromalacia... «Era normal que no pudiera», recalca. En enero del 2017 pasó nuevamente por quirófano. Cuando lo normal regresar las pistas a los seis meses, ella a los ocho aún no podía ni correr pese a una dura rehabilitación. «Me dijeron que había demasiada inestabilidad en la rodilla y que había que operar de nuevo», indica.

El planteamiento de Iris pasaba por hacer todo lo posible por retomar su carrera deportiva y no le importó tener que ser intervenida una tercera vez de forma muy agresiva. Y se encontró de bruces con la misma realidad. «Daba igual lo que yo hiciera, lo que me esforzara, que no avanzaba. Y en la rehabilitación nadie te dice ‘hasta aquí’», lamenta.

Decidió acudir a un médico privado especialista al que le llevó todos sus informes para que hiciera una valoración desde fuera. «Me preguntó si me merecía la pena hipotecar mi vida. Que como mucho lograría jugar dos años más y nunca al nivel de antes. Y, sobre todo, que si fuera su hija me diría que lo dejara porque me estaba costando la salud».

Iris salió de allí destrozada, pero con la confirmación externa de lo que ella ya sabía: que no volvería a jugar. «Necesitaba que alguien me lo dijera. Estaba machando mi cuerpo, yendo todos los días al pabellón, a la piscina, al gimnasio... Lo intentaba todo, pero veía que no podía». Así que le transmitió a su entrenador que quería un partido para despedirse, del que en mayo se cumple un año, pero que hasta ahí.

Lo que lloró ese día fue «una locura». Y luego decidió romper con el balonmano -dejó su faceta de entrenadora al acabar la temporada- y también irse a vivir fuera. «Tuve que aceptar que era joven, estaba en el mejor momento de mi carrera pero mi rodilla ya no servía para el máximo nivel a los 23 años. Me rompí y le puede pasar a cualquiera, pero es muy duro», constata.

Hoy ya puede ir al pabellón sin sentir ese «come come» de querer jugar, aunque lo extraña. Y las secuelas siempre van con ella. «No me puedo agachar, bajar una rampa o coger peso como todo el mundo, me apoyo en la pierna buena con la descompensación que eso genera en cadera y espalda». No puede correr ni saltar y «si antes pegaba una patada a un balón a cien metros, ahora es imposible golpear» porque no maneja la pierna. Todo tras años de «agujas, pinchazos, pastillas de colágeno, de no sé qué, ácido hialurónico, parches anestésicos locales....». Y sin margen de mejora para su día a día porque «las posibilidades quirúrgicas y terapéuticas están agotadas».

Iris, que dice «aceptar la discapacidad con humor», juega ahora al pádel «pasando la bola como las señoras mayores» porque es lo único que su cuerpo le permite, pero ella necesita el deporte en su vida. «No me arrepiento de los años dedicados al balonmano. Me ha dado cosas que nada más en la vida me ha dado». Y con eso ha decidido quedarse para seguir adelante.

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