Fernando Castro Santos: «No me quería morir en un banquillo»

Llevó al Compos de Tercera a la élite, se fue enfadado con Caneda y reivindica el fichaje de Mostovoi por el Celta


La misma plaza en la que creció como futbolista desde categorías inferiores lo vio debutar como entrenador. Fernando Castro Santos (Lourido, 1952) guarda un grato recuerdo del Pontevedra. A Pasarón llegó de pequeñito y allí consiguió mucho tiempo después su primer ascenso como técnico. Una experiencia, dice, inolvidable. Como en una historia circular, sería también testigo de su despedida de los banquillos hace ya ocho temporadas.

-¿Por qué decide retirarse?

-Uno estaba habituado a entrenar a cierto nivel. Cuando volví a categorías que ya había superado me di cuenta de que ese no era mi sitio. Que era mejor dejarlo. Antes me ofrecían opciones en Francia, Alemania, Inglaterra... y luego las ofertas que me llegaban eran de Kazajistán, Senegal o Angola. Me ofrecían un buen dinero, pero ya era otra cosa. Es muy importante saber irte del fútbol antes de que el fútbol te eche a ti. Me costó tomar la decisión de decir hasta aquí, pero creo que lo peor ya lo pasé.

-Cuando le ha llegado alguna oferta, ¿nunca ha tenido dudas?

-Acaba de pasarme hace unos días. Me llamaron un par de amigos y me preguntaron si quería entrar en la terna de dos equipos de Segunda División. Les he dicho que no, para no desandar el camino que tanto me costó. Quiero ser consecuente con mi decisión. Cuando empecé a entrenar me decía que no me quería morir en un banquillo, seguir entrenando mucho más allá de los 60 años. No quiero que la salud se resienta.

-¿En qué ha cambiado el papel del entrenador desde que debutó hasta que decidió retirarse?

-Ha perdido importancia dentro del organigrama de los clubes. Ha crecido mucho la figura de los directores deportivos y los secretarios técnicos. Cuando sale una mala temporada hay tres ceses de entrenadores pero ninguno de secretario técnico. Ellos están más en las victorias que en las derrotas. Los entrenadores cada vez tienen menos importancia en la confección de las plantillas.

-Durante su etapa en Vigo, con el Celta, la tuvo en la llegada de futbolistas de alto nivel, aunque no se le llegó a reconocer.

-En mi segunda temporada, con Félix Carnero, trajimos a jugadores como Mazinho, Mostovoi o Revivo. Algo tuve que ver en eso. Nos quedamos a diez minutos de la final de Copa y en liga pagamos el desgaste. Nos salvamos en la última jornada. La primera pregunta que le hicieron al presidente, al conseguir la permanencia, fue que cuándo me iba a cesar. Estuvimos catorce meses imbatidos en Balaídos. Se tardará mucho en repetir aquello. Empezamos a poner los cimientos del gran Celta que vino después.

-En todos los clubes se viven momentos mejores y peores, pero, en el cómputo global ¿en dónde fue más razonablemente feliz?

-Lo de Santiago fue especial porque todavía nadie ha conseguido, en el fútbol español, superar aquella marca: coger un equipo en Tercera División, ascenderlo hasta Primera y mantenerlo. Soy el único caso y lo hicimos con muy poquitos medios.

-Se marchó en el mejor momento, con el Compos en la élite.

-Salí enfadado con Caneda. Ahora ya me pasó un poco el cabreo. Casi todos los acuerdos que teníamos eran pactos verbales. Íbamos a cenar y los apuntábamos en una servilleta de la cafetería. Una renovación, una prima o lo que fuera. Eso iba a misa. No me había fallado nunca. En la última temporada, él creyó que no quería renovar, que tenía cerrado un acuerdo con el Sporting. Yo lo que quería era garantizar la permanencia y cobrar un poco más, la típica negociación. He sido un currante que me he tenido que ir ganando mi dinero dónde he podido. Se demostró que yo tenía razón porque luego me quedé sin equipo. Eso agrió nuestra relación e hizo que no cumpliera un pacto que teníamos por la permanencia, que me costó bastante dinero.

-¿Han vuelto a hablar de aquello?

-Nos hemos encontrado varias veces. La última en el funeral de Fidalgo -el que fuera gerente del Compos- y charlamos. No puedo decir que quede en el olvido, pero también le debo el que me contratase. Ahora tenemos una relación normal.

-Quién le iba a decir, cuando fue uno de los primeros técnicos que entrenó fuera, en Portugal, que tendría un hijo jugando en Australia.

-Alguna culpa también he tenido de que haya terminado allí. Él quería irse a Estados Unidos y cuando estaba prácticamente cerrado se rompió el acuerdo. Creo que ha sido un acierto tomar esa aventura. Viajé dos años seguidos, este no he podido hacerlo. Al principio tenía que ingeniármelas para ver sus partidos, se me quedaba enganchado el ordenador, no era fácil.

-El jugador español ya emigra.

-Perdió el miedo a marcharse. Aquí hacen dinero los buenos, pero en Segunda B ganan cada vez menos. Hay jugadores cobrando 1.500 euros. Eso, entregando tus mejores años, es una ruina. En un país de esos ganan en una temporada lo que aquí en cuatro.

Charla con amigos, atiende a los nietos y ha pasado, dice, a la reserva activa. Sigue fijándonse en las plantillas, pero apenas pisa ya los campos.

-¿Se mantiene en forma?

-Lo intento, claro. Sigo yendo al gimnasio. Siempre he sido jugador de squash y tengo un grupo de gente con la que juego casi a diario. También salgo a correr, o en bicicleta, cuando el tiempo acompaña.

-¿Le gusta ser el «Nécora»?

-(Se ríe) Llevo toda mi vida conviviendo con ese mote y no me molesta. Creo que viene del restaurante -una marisquería- de mis padres, que sigue teniendo mi familia. Antes de ser futbolista profesional, trabajé mucho allí. Alguna noche me tiene pillado algún entrenador echando una mano a mis padres con partido al día siguiente. Le decía: ‘Míster, ¿cómo voy a dejar a mis padres colgados e irme para cama?’ No podría dormir. Eran pecados veniales.

-¿Quién le puso el mote?

-Salió de alguien ocurrente que lo gritaba en la grada de Pasarón cuando jugaba y se fue extendiendo. No sé si era porque mordía a los delanteros cuando era defensa. Ahora se lo llaman a mi hijo y se lo llamarán a mi nieto. La nécora ya es un invitado más de la familia.

-Hablando de sus nietos, ¿le gusta el país que les estamos dejando?

-No me gusta, no. Estamos en un momento de mucha incertidumbre, de enfrentamientos que no nos van a llevar, seguro, a ningún lugar bueno. Los primeros que deberían comportarse son los representantes políticos, que da pena verlos. Todo son descalificaciones. Yo ya no lo veré pero el futuro para nuestros nietos... buff.

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