Fútbol de pelo en pecho


A riesgo de revisitar lugares oscuros de la historia de la humanidad, parece necesario decir que hay personas que en lugar de asistir a campos de fútbol deberían ser internadas en campos de reeducación. Porque el rey de los deportes (en términos de alcance, globalidad, dinero) se convierte también en el rey de la vergüenza, como si su césped natural o artificial fuera el mejor terreno para la siembra del energúmeno. La galería futbolística del bochorno es incomparable a la de otras disciplinas. El último episodio, o más bien el penúltimo, se perpetró en Argentina. Un fanático lanzó agua caliente a una juez de línea provocándole una quemadura grave en la espalda. Ya se sabe, que un árbitro o linier señale algo contrario a tu equipo es una ofensa; pero si lo hace una mujer es lo peor, un hecho insoportable, porque a ver quién les ha dado a ellas vela en este entierro de hombres aguerridos de pelo en pecho (como Neymar y Cristiano, que invierten más en peelings, depilaciones y peluquería que barrios enteros de señoras, puestos a abrazar los tópicos). Cuentan los medios argentinos que la juez de línea sintió el ardor pero, como quedaban solo dos minutos de encuentro, pidió agua fría y decidió aguantar hasta el final. Después fue atendida en un centro hospitalario, donde le trataron la zona quemada. Por lo que se ve, se resistió a tirarse en el campo realizando ese triple mortal tan habitual en los delanteros que buscan la tarjeta del defensa. Y dice que nadie la echará de la banda.

Lamentablemente, no hace falta cruzar el océano para encontrarse con el mismo caldo de cultivo. Como las madres y los padres que insultan a futbolistas por el simple hecho de ser niñas y no niños. Si es vejatorio que una mujer te pite un fuera de juego, imagínense la ruptura de esquemas mentales cuando es una mocosa la que regatea con éxito al príncipe de la casa. Hasta ahí podíamos llegar.

Es cierto que del estiércol suele brotar lo bueno. También hay que recordar a esos entrenadores que preparan a los más pequeños y que, cuando los suyos están goleando al adversario, les piden que levanten el pie del acelerador, que jueguen, pero sin machacar a nadie, porque nada tiene que ver el triunfo con la humillación. Es esos momentos sí que reina el fútbol.

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