Las truchas en Galicia, temporada 2019


El 31 de julio, último día de la temporada pasada para la pesca de truchas, por aquello de decir que todavía no la he abandonado definitivamente, decidí dar un paseo, caña en ristre, por la orilla de un río de inolvidables y añorados recuerdos de otros tiempos mejores.

En primer lugar, me acerqué a uno de sus viejos puentes de piedra en el que ya me había detenido en incontables ocasiones, paseado, pescado y tomado el bocadillo observando el discurrir del agua y disfrutando de los saltos malabares de las truchas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que el río estaba desaparecido entre una maraña de zarzas de dos metros de altura entrelazadas e impenetrables que también habían invadido sin piedad sus dos orillas.

Disgustado y triste, decidí cambiar de puente en busca de otro tramo apropiado por donde pudiera dar mi paseo, pero de nuevo me topé con la triste realidad de que también en este el río discurría entre un demonio de zarzas. No entendía nada. Cómo podíamos haber llegado a esta situación, después de haber gozado de unos ríos llenos de vida, de aguas cristalinas y orillas cuidadas y limpias.

Estaba con esos pensamientos cuando se detuvo a mi lado el todoterreno del guardarríos, que después de saludarme educadamente me pidió la documentación. Le di las quejas y, ante mi estupor, su respuesta fue la de que a él no tenía nada que decirle porque entre sus obligaciones no figuraba la de mantener limpios los ríos que estaban bajo su vigilancia. Un par de llamadas a la Xunta de Galicia me confirmaron que, efectivamente, el guardarríos tenía razón.

Hace unos años, en uno de esos días en los que era mejor que le hubiera dado una gripe, a alguien desde la Administración se le ocurrió la idea de prohibir toda corta de cualquier árbol, mata o vegetación nacida en las orillas de los ríos. Tal prohibición iba directamente dirigida en exclusiva a los ribereños, porque obviamente nadie más que ellos podían hacer uso de algunas de sus ramas para las necesidades de sus labores. A cambio, aunque solo fuese por la cuenta que les tenía, mantenían las márgenes impecablemente transitables.

A ver si algún día se nos explican las razones por las cuales se tomó, y aún persiste, semejante medida. Y como, según me han dicho, las multas son de garabatillo, ahora los mismos ni se acercan al agua y como los guardarríos ni quieren ni tienen por qué desarrollar tal labor, la orilla de una buena parte de nuestros ríos se ha convertido en una selva impenetrable.

Con tales perspectivas la esperanza para el inicio de esta nueva temporada de pesca, con un agua que no reúne condiciones para mantener altas poblaciones de truchas y con unas orillas aptas solo para los jabalíes, ¿qué se puede esperar? Pues nada, que será peor que la pasada, que a su vez ya fue peor que la anterior, que asimismo fue peor que la otra y así hasta que se nos ocurra parar…

Siento no aportar mejores noticias, pero no tenemos razón alguna que nos anime a creer que no va a ser así.

Las dos fotografías que ilustran este artículo están hechas en el mismo tramo de río. Una, el 31 de julio del año pasado y otra, quince años atrás. Sin más comentarios.

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