Cuando la cuna es el banquillo

Cristina Somoza y Héber Rodil, jugadora y entrenador del AX Sagrado Corazón, cuidan a su bebé de cinco meses durante los partidos y los entrenamientos

Cuando la cuna es el banquillo Cristina Somoza y Héber Rodil, jugadora y entrenador del AX Sagrado Corazón, cuidan a su bebé de cinco meses durante los partidos y los entrenamientos

La Voz

Ella siempre podrá decir que lleva el baloncesto en la sangre. Y que ya lo vivía en el banquillo desde que nació. Incluso antes de tener uso de razón. «Ahí estaba yo, con el entrenador y la base del equipo, el AX Sagrado Corazón», podrá decir, sin faltar a la verdad. Claro que el entrenador, Héber Rodil (Lugo, 1984), es su papá. Y la base, Cristina Somoza (Lugo, 1987), su mamá. Todo un detalle.

Ella también puede decir que superó con creces la precocidad de su madre. Cristina Somoza juega al baloncesto desde los cinco años de edad, como benjamina de una numerosa familia de deportistas que tienen en Juan José Somoza (ex profesor de educación física, además de director en Castro de Ribeiras de Lea, y ex jugador de baloncesto) al origen de la saga. «Practicamos todo tipo de deportes: atletismo en pista y campo a través, baloncesto... somos cuatro hermanas y dos hermanos, mi padre también lo practicaba... y mi madre siempre estaba ahí. No iba a los banquillos, pero sí me carretaban a todos los lados», rememora Cristina.

En la visita a la cancha del Xiria con motivo de la décima jornada de la Liga Regular Norte de la Segunda División femenina, el Sagrado Corazón tenía en su banquillo a la bebé de cinco meses de edad. «Cuando nos planteamos tenerla decidimos que viviese esta vida. Creemos que es bueno para ella. No deseamos meterla en una burbuja, sino que experimente y se adapte al mundo. Ya se acostumbra, está tranquila durante los partidos e incluso se queda dormida», explica la jugadora, que intenta darle el pecho a su bebé antes de los partidos. «Aunque en un partido tuve que ir al vestuario en pleno partido para hacerlo, y regresar a la cancha. Antes es ella que cualquier otra cosa», matiza.

Sin embargo, Cristina asegura que la presencia de su bebé en el banquillo no le condiciona en negativo. «Si llora, está su padre o alguna compañera para cuidarla. Si puedo, la dejo en la grada con algún familiar o amigo, pero si no hay, pues no queda otra que bajarla al banquillo», argumenta. «El Sagrado Corazón es como una familia», enfatizan tanto Cristina como Héber al agradecer la colaboración de todo el club a la hora de cuidar a su pequeña, desde el segundo entrenador, Antón Rodríguez, hasta la directiva, pasando por las jugadoras. «El club nos acogió genial porque éramos apenas dos jugadoras y un entrenador, nos pasamos cuatro meses buscando patrocinadores y si no fuera por ellos, no lo hubiésemos conseguido», insiste al recordar cómo fundó hace tres años, junto a Tatiana Montenegro y con la ayuda de Héber, su actual equipo, que acabó formando parte del Sagrado Corazón. Lo hizo tras vestir las camisetas del Castro de Ribeiras de Lea, el Lourenzá, Corgo y Prone.

«No hay nada inusual»

Héber Rodil corrobora las palabras de Cristina. «Ella no es una más del equipo, es la que más. Se porta muy bien y no condiciona para nada. Eso es posible por el carácter familiar de este equipo», describe antes de remarcar: «Para mí no hay nada inusual. Esta es mi actividad vital y quiero compaginarla con mi hija de la mejor manera, con la mayor normalidad. Desde un principio, se nos decía que un hijo nos cambiaría la vida por completo, pero nuestra vida es normal y tan solo se trata de adaptarla un poco con su llegada». «Sin la ayuda de mi marido nada de esto podría ser posible. En casa, los dos nos repartimos todo y me apoya mucho para que haga deporte y me recupere del parto», añade Cristina.

«Intentamos ser sencillos y transmitírselo, que valore las cosas y se vaya acostumbrando a la gente. Y que, cuando sea consciente, seamos un ejemplo. Es más, el deporte es uno de los mejores ejemplos, aunque será ella la que elija cuál practicar», concluye. «Hasta entonces, y por el momento, hay que contar una plaza más cuando nos desplazamos con el equipo para los partidos», concluye.

Del parto, al entrenamiento y a preparar oposiciones

«Cuando estuve embarazada, no me daba llegado la hora del parto y de volver a jugar», recuerda Cristina para dibujar su pasión por el baloncesto, la que quiere transmitir a su descendencia del mismo modo que le inculcaron a ella. «De hecho, cuando salimos del hospital tras dar a luz, esa misma noche, fuimos a ver el entrenamiento del equipo», afirma. Fue también por medio del básquet que conoció a Héber, cuando él todavía era árbitro. Volvieron a coincidir en el Corgo (ya como entrenador y jugadora), antes de su actual etapa en el Sagrado Corazón. «Nunca tuvimos ningún problema, ni cuando me pitaba, ni al entrenarme; sabemos separar los roles», apunta Cristina.

«Quizás lo más difícil de compaginar es poder sacar la oposición (estudió magisterio de educación física, mientras Héber también prepara sus oposiciones tras formarse académicamente en farmacia y parafarmacia) y el trabajo y la vida en casa. Ahora cojo la agenda y empiezo a marcar los compromisos de ambos. No me quejo para nada, porque es un trabajo increíble y yo lo llevo como algo vocacional, pero es difícil estudiar y trabajar. Sobre todo en mi tarea, que no es salir del cole y desconectar. Y Héber entrena, además, al Franciscanos de minibásquet y es segundo del Ensino cadete», relata la jugadora que el día 4 tendrá que incorporarse a su puesto en Vilalba.

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