Borja Iglesias: «La opción del Celta no era ni la mitad»

Jugaba en Lavacolla de niño, hace dos años en Segunda B, y hoy es uno de los arietes más cotizados de la Liga


Su idilio con el gol va camino del matrimonio. Hace dos temporadas que Borja Iglesias (Santiago, 1993) desplegaba su artillería por los campos de Segunda B. Lleva apenas seis meses compitiendo en la élite con el Espanyol y dice que ha llegado para quedarse.

-Ha estrenado el año marcando y la dedicatoria (levantó las manos dibujando la letra «A») llevaba como destino Galicia.

-Quería que fuera algo especial. En Navidades conocí en Santiago a la gente de la Fundación Andrea, que apoya a niños con enfermedades crónicas y terminales. Les prometí que el primer gol del año iba a ser para ellos y por suerte llegó pronto. En este mundo del fútbol es fácil meterse en una burbuja. Este tipo de cosas me ayudan a tener perspectiva.

-De Segunda B a Segunda y de ahí lanzado a Primera en poco más de un año. ¿Da vértigo?

-Todavía no me lo creo. He peleado durante mucho tiempo para llegar hasta aquí e intento saborear este momento al máximo pero me cuesta asimilar dónde estoy. Recuerdo muchas vacaciones, cuando volvía a casa y la gente me decía que para cuándo el salto, que me estaba haciendo mayor. Cada uno cumple los tiempos como buenamente puede.

-¿Qué importancia tuvo el Zaragoza y Natxo González como técnico en el salto definitivo?

-Muchísima. Natxo me hizo comprender lo que era el fútbol profesional, me convenció de que tenía que dar un paso adelante y ser importante para el grupo. Me hizo ver que a partir de ser un jugador ordenado sin balón iba a tener mis oportunidades. El de Zaragoza es el año de mi explosión, no tengo duda. Por la apuesta que hicieron por mí y la confianza que me transmitieron siendo un jugador de Segunda B. Me acuerdo que cuando llegue allí me recordaban que el año anterior en el Celta B había marcado 21 goles y me pedían que lo igualase. Yo me decía: madre mía, qué presión. Acabé marcando 22. La pena es que nos faltó la guinda del pastel, el ascenso.

-¿Qué le conquistó de la llamada del Espanyol para firmar?

-Me transmitieron que querían a Borja Iglesias. A partir de ahí todo fue más sencillo. En el momento en el que noté que un equipo apostaba por mí de esa manera, que el entrenador me ofrecía confianza para que asumiera ese reto, no me lo pensé.

-Su salida de Vigo fue un tanto extraña...

-Se colocó todo en mi contra por los tiempos que se fueron marcando con mi posible renovación. Fue algo hablado muy por encima, nada serio. Cuando la propuesta del Espanyol avanzó hubo un intento de arreglarlo por parte del Celta para que continuase allí, pero ya estaba convencido. Fue lo mejor para todos.

-Tarde, mal y a rastro...

-Entiendo que sí.

-¿Tiene la sensación de que se le quiso culpabilizar de su marcha insinuando que la opción del Celta era tan buena como la que le ofrecían en Barcelona?

-La opción no era ni la mitad, hasta sería generoso para el Celta si digo que era la mitad. Ellos tendrán sus razones, yo las mías y la gente sacará sus conclusiones. He percibido mucho cariño de la afición, sigo recibiendo mensajes de celtistas que me animan y me desean suerte.

-Más atrás queda aquel día en el que se fue de Santiago a Valencia con 14 años y poco más que una maleta.

-Me fui becado sin saber ni cuánto me iban a pagar. Hubo momentos muy duros, pero también experiencias espectaculares. Tengo que agradecerle mucho a mis padres que me apoyasen en esa decisión.

-Sus padres le verían futuro cuando le llevaban a jugar al fútbol al párking de Lavacolla.

-Son recuerdos muy bonitos de mi infancia. Son muy futboleros y me llevaban allí para hacer tiempo mientras llegaban los equipos a la terminal. Todo para pasar diez minutos detrás de los jugadores intentando sacar alguna firma o alguna foto. Ese niño sigue dentro de mí y me recuerda de vez en cuando que es importante disfrutar de lo que haces.

-¿Ese niño sueña con verse algún día en una convocatoria de la selección?

-Sonó mi nombre en la última y en ese momento ni me había planteado que esa posibilidad existiese. Soy consciente de lo difícil que es, por la calidad de los jugadores que van, pero claro que tengo esa ilusión, me encantaría ir y representar a mi país.

-¿Y jugar en la Premier? Hay quien dice que por sus características podría triunfar allí.

-Estoy muy contento en Barcelona, no quiero pensar en otra cosa. En algún momento sí que me he planteado la idea de jugar allí. Es una liga muy bonita y además la sigo mucho, me gusta ver sus partidos. Quién sabe si algún día.

Lleva tatuado un oso panda. Se lo selló en su último año en el Celta B, junto a varios de sus compañeros, a raíz de una canción que coreaban: Panda, de Desiigner. Le ha quedado como apodo y admite que le gusta. Casi tanto como la música, una de sus pasiones. A ritmo de rap español y de hip-hop.

-¿Recuerda su primer sueldo y qué se compró con él?

-No recuerdo la cantidad exacta pero sí que con catorce años, en Valencia, me pareció mucho dinero y eso que solo era una beca. Me compré un ordenador para estar en contacto con mi familia y mis amigos. Acabó destrozado de tanto viaje y tanto uso. Tuve que pegarle una parte porque se me deshacía. Creo que le saqué rendimiento.

-Ya apuntaba entonces maneras tecnológicas...

-Siempre me han llamado la atención. Hubiese sido una salida de no dedicarme al fútbol y me gustaría formarme en un futuro. Igual que las redes sociales. Entiendo que hay a quién le parece una carga, una molestia, pero a mí me gusta gestionármelas. Antes contestaba más porque tenía menos mensajes, ahora le dedico alguna tarde para repasar los comentarios. También soy mucho de jugar a la consola.

-¿El primer y el último videojuego que disfrutó?

-La primera vez que jugué fue al asteroide con la Atari de mi padre. Luego vino la Super Nintendo. A lo último que he jugado es al Red Dead Redemption. Hoy mismo le daré un rato.

-¿Dónde le gustaría poder desconectarse?

-Haciendo un safari.

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