Qué clase tiene Antonio Cassano


A lo largo de la historia, medio mundo se ha peleado por el control de la ciudad italiana de Bari. Griegos, romanos, lombardos, musulmanes... todos a tortas por esos 40 kilómetros de costa. No buscaban un hueco para clavar la sombrilla, sino sacar dracmas, sestercios o dinares a su estratégico emplazamiento comercial en el Adriático.

Ni las guías turísticas, ni los propios italianos recomiendan visitar Bari. Asusta como Nápoles, pero no tiene ni su marketing, ni a Sophia Loren.

Antonio Cassano nació y vivió aquí. En el barrio de Bari Vechia. Otro sitio de los que no encabezan la lista de lugares ideales para educar a una criatura. «La noche en la que yo nací los médicos estaban borrachos celebrando que Italia era Campeona del Mundo». Si no es cierto del todo, al menos alguno estaría de resaca, porque aquel 12 de julio del 1982 el país se despertaba tras endosarle tres a la Alemania Federal en el Bernabéu. Su padre se marchó y Antonio comenzó a frecuentar malas compañías. Debutó en la Serie A en 1999 con el Bari y en su segundo partido anotó un golazo ante el Inter. «Si no hubiera sido por aquel gol, ahora sería un delincuente».

Prefirió las barras de los bares a los campos de entrenamiento, y, aun así, llegó a fichar por el Madrid. Duró un año. Las formas son importantes en Chamartín. Ahora, ya retirado, reconoce en Sky que se equivocó y que entiende la decisión del club blanco. Ese ha sido el titular destacado en España.

Pero Cassano es un verso libre. Un funambulista entre la inconsciencia y la valentía. «Dicen que en Italia no hay racismo. Yo digo que sí. Tengo la impresión de que Italia es un país racista». En tiempos en los que Salvini emerge como oscuro mesías y en el que el fascismo sigue exhibiendose en la grada, Talentino se moja. Un George Best de la era moderna. Si aquel borracho del United desafió al IRA metiendo un gol al Newcastle en el partido en el que estaba amenazado con ser disparado en la cabeza, Cassano y su sonrisa de barriada plantan cara a la xenofobia. «No lo llego a entender. Blancos, negros, amarillos... somos todos iguales».

Cassano lo tenía todo y lo hizo casi todo mal. Pero qué clase sigue teniendo.

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