Ramos, un cacique en crisis

A pesar de estar en su peor momento de forma, afea a sus compañeros e intenta decidir los entrenadores


La Voz

En un Real Madrid a la deriva, hay un elemento desestabilizador que ha echado raíces en el vestuario blanco y que ha trasladado su comportamiento incluso al seno de la selección española: Sergio Ramos.

Amparado en la capitanía en ambos grupos, y sin nadie que le pare los pies, se ha arrogado el papel de mandamás, por encima incluso de los entrenadores y presidentes.

El último pulso que, aparentemente ha ganado es el de la elección del entrenador sustituto de Julen Lopetegui. Después del 5-1 encajado en el Camp Nou, el presidente Florentino Pérez se encargó de filtrar a los medios de comunicación que estaba pensando en contratar a un entrenador que apostase por la disciplina para sustituir a Lopetegui. En concreto, el italiano Antonio Conte.

Este mensaje no sentó nada bien a Sergio Ramos (que, por cierto, afeó a Casemiro que hiciese una lectura crítica del nefasto inicio de temporada madridista), que se apresuró a salir a la zona mixta para espetar: «Hemos ganado todo con entrenadores que ya conocéis. Al final la gestión del vestuario es más importante que el conocimiento técnico de un entrenador. El respeto se gana, no se impone». O, lo que es lo mismo: «Mano dura a mí, no». De este modo, Conte (ganador de todo como futbolista del Juventus, exseleccionador italiano, campeón de la Premier y de la Serie A) se quedó fuera y Santiago Solari asumió el cargo provisionalmente. El argentino sabe que es temporal, porque según publicó El Confidencial, el propio Ramos ha propuesto dos alternativas con la intención de seguir manteniendo su estatus en el engranaje del Real Madrid, : sus amigos Guti y Laudrup.

No era la primera vez que Sergio Ramos intentaba decidir el futuro de un entrenador. Lo hizo cuando precisamente Lopetegui se convirtió en el inquilino del banquillo madridista a las puertas del Mundial de Rusia. Es más, lo hizo en dos ocasiones apenas en el plazo de unos días.

Primero, recomendó con vehemencia a Florentino Pérez que fichase a Julen Lopetegui (aunque la idea era que se incorporase al Madrid tras la Copa del Mundo), pero cuando la situación se precipitó y el entonces recién llegado presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, mostró su intención de despedir fulminantemente al técnico vasco, Sergio Ramos se presentó en la misma habitación que el dirigente para presionarle para que mantuviese a Lopetegui hasta el final del campeonato mundial.

Es más, según algunos medios, la discusión entre el futbolista y el presidente alcanzó tal tono de tensión que casi llegan a las manos y fue Piqué el que evitó las agresiones físicas entre ambos tras los insultos proferidos.

Sin embargo, esta actitud desafiante no se corresponde ni por asomo con un rendimiento notable en el terreno de juego. Sus últimas actuaciones, ya desde el Mundial de Rusia, se cuentan por graves errores que han costado puntos (incluso la eliminación de las competiciones) tanto su club como en la selección.

El más fresco en la memoria es el cometido en el 4-1 del Barcelona el pasado domingo, al intentar controlar desacertadamente un balón con el pecho, y que acabó en gol culé. Antes, con las mismas negativas consecuencias para su equipo, en la Supercopa contra el Atlético, en la jornada quinta frente al Espanyol, en las derrotas contra el Sevilla y el Alavés e incluso en el duelo frente a Inglaterra en el Benito Villamarín.

Ya en el Mundial, cuando todos apuntaban hacia David de Gea, la estadística era demoledora: Sergio Ramos cometió los mismos errores de gol que mermaron a España.

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