«A algunos les comentas que haces triatlón y te dicen: ‘Ah, es eso de las motos’». Lo contaba Javier Gómez Noya hace 16 años. Entonces, tres tipos dominaban el ránking español de ese deporte en el que el motor se pone a mil, sí, pero está bajo la piel. Iván Raña, David Castro y el propio Gómez Noya. Entonces celebraban cuando por fin conseguían que se les reservara una calle para poder nadar en solitario durante los entrenamientos. Pioneros obligados a que explicar de qué iba lo suyo, a demostrar que no era ni pentatlón ni decatlón. No hace tanto uno de ellos tenía que aclarar en un programa deportivo de radio que no, que los ciento y la madre que acuden a las grandes pruebas de triatlón no compiten en una piscina (aunque la verdad es que, como innovación, sería digno de ver). Para otros es imposible olvidar aquella conexión urgente de Televisión Española en los Juegos de Sídney, en el 2000, cuando en la parrilla olímpica se coló un ordense porque estaba rozando la medalla. Raña y Gómez Noya han marcado una época del deporte gallego y han sido los mejores embajadores de su disciplina en España, porque convirtieron un desierto en un jardín para asombro de otros países con más tradición, más habitantes y más recursos. Un caballo salvaje y una máquina programada para ganar. Un loco de la bicicleta y un portento en los 10.000. El corazón desbordante y la cabeza fría. Intercambiándose, con el paso del tiempo, los papeles de maestro y discípulo. Quemando calendarios a fuerza de retos. Pidiendo más madera. Dos tipos que rompieron las estadísticas y las previsiones. Partiendo casi de la nada. «Aquí cada uno se hizo a sí mismo y las ayudas son casi póstumas», decía un Raña apenas veinteañero, pero que ya había ganado un Campeonato de Europa. Que sus trayectorias vuelvan a coincidir en una gran competición tiene que celebrarse siempre. Así los resultados incluso importan un poquito menos. Como en Pekín, cuando fueron cuarto y quinto, con el podio de los Juegos dolorosamente a tiro. Pasan los años, las crisis, los deportistas, los Gobiernos. Y ahí siguen ellos. Os dous de sempre.

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Os dous de sempre