Valverde, sin chubasquero


La vida tiende al precocinado. La cuestión es seguir las miguitas de pan que lanza el algoritmo. Ordeñar los datos del pasado para predecir el futuro. Esos son los nuevos posos de té. Los antídotos contra la sorpresa. También en el deporte, donde hace años que un catedrático estudió las probabilidades de que un jugador lance un penalti por la derecha o la izquierda. Y mucho más antiguo es el pinganillo, ese corsé táctico para todo integrante del pelotón que en los últimos tiempos ha navegado entre el aplauso y la prohibición. Cuando un corredor lo descuelga es un símbolo de rebelión. Como hizo Alberto Contador para no escuchar a Johan Bruyneel y enterrar a Lance Armstrong en Verbier en el 2009.

Alejandro Valverde ganó en Almadén en la última Vuelta porque a su auricular llegó una orden de José Luis Arrieta: «Esta llegada es para ti». Es un caballo de carreras al que siempre le ha costado rumiar. Con su voracidad, causó sensación en el 2003, hace quince años, una eternidad. Y fue engordando el saco de triunfos, con etapas, clásicas, medallas en Mundiales... pero dando la impresión de que su botín habría sido incluso mayor si hubiera hecho bien las cuentas en la carretera. «He llevado muchos palos en vueltas grandes, pero vas aprendiendo». Lo decía ya en el 2009. Confesaba que podría haber ganado la Vuelta en la que Vinokourov se fue bajando el Monachil: «Me faltaron cinco segundos más de sufrimiento para cogerlo». Y se reía al recordar que en el 2008 se había quedado cortado al descolgarse para coger un chubasquero. «Es culpa de Valverde», dijo Eusebio Unzue, que no estaba para bromas. En su día, el murciano comentó que estaría bien retirarse con 34 o 35 años, pero también reconocía que si se bajaba de la bicicleta no sabría a qué dedicarse.

Si el ciclismo es el western, el Mundial es un tiroteo en la frontera. Aquí las lealtades son diferentes a las del resto de la temporada y no se permite usar el pinganillo. Seguramente a Valverde le venga bien de vez en cuando librarse de la brida y la espuela. 38 años, la misma clase de siempre y cero pinganillo. Quizás esa haya sido la receta para ganar por fin el oro. En un corredor con el palmarés de Valverde, las lágrimas en Innsbruck también desafían al algoritmo.

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