Césped sintético y otras hierbas


Hay tipos enganchados a la polémica. Se acodan sobre ella como si fuera la barra de un bar. Y se pasan el día ahí, contemplando el mundo desde esa perspectiva. A esa especie pertenece Zlatan Ibrahimovic. Amante de los líos sobre todas las cosas, con una excepción: se quiere más a sí mismo que a nada. El sueco, de 36 años, juega ahora en Los Angeles Galaxy. Y no, antes de cruzar el Atlántico el delantero no cambió la historia del fútbol. A este lado del océano se quedaron sus expectativas de convertirse en el mejor del mundo. Al otro se llevó su carácter ingobernable. La última es que se negó a saltar al campo en Seattle porque «es una vergüenza jugar en césped sintético porque el fútbol no fue creado en esa superficie». No es un capricho, ahí están las razones históricas de la cuestión. Ya se sabe que para la élite jugar en campo sintético es un sacrilegio para las piernas y para los pioneros de este deporte. No es deseable para un astro del fútbol castigar sus cotizados ligamentos y articulaciones con una superficie que no los mime, que no amortigüe convenientemente su talento y que no honre a sus antecesores. Y Zlatan, ante sus propios ojos, nunca dejará de ser una estrella gigantesca. Él suele desembarcar en los clubes al estilo de aquella Cleopatra de Liz Taylor que asombraba a los romanos. Entradas para recordar y portazos para olvidar. No importa qué camiseta vista o en qué peldaño profesional se encuentre. Lo de menos es que su equipo perdiera el partido de Seattle frente a los Sounders por 5-0. ¿Qué más da una goleada? Ibra no tiene necesidad de aguantar falsas alfombras verdes, ya lo dijo antes. En muchas ocasiones el umbral del aguante personal o colectivo lo dicta la costumbre. En tenis sigue estando mal visto gritar cuando la pelota está en juego. Y las gimnastas pueden competir como si actuaran en un circo de varias pistas, suena la música del ejercicio de suelo mientras una chiquilla se juega el tipo en la barra de equilibrio. Cuestión de hábito. Aunque, en este caso, el secreto está en la dosis, la dosis del ego. Para Ibra, lo sintético no se estila, que diría María Dolores Pradera. Pero Zlatan lejos está de ser la flor de la canela.

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