El sueño imposible


Wimbledon 2018 soñaba con que se produjese una repetición de la final de hace 10 años entre Nadal y Federer, uno de los mejores partidos de la historia. No pudo ser, porque al suizo lo eliminó sorprendentemente en cuartos el surafricano Anderson, tras una épica remontada, y Rafa cayó en semifinales ante Djokovic. Ambos perdieron en dos partidos en los que tuvieron muy cerca la victoria.

El torneo perdía la oportunidad de la final soñada, pero como contrapartida, vivió la recuperación del mejor Djokovic y la de Juan Martin Del Potro, que jugó uno de los mejores encuentros del campeonato ante Nadal.

Pero hubo una circunstancia que le restó interés y brillantez a la final. Después del durísimo partido de Anderson ante Federer (13-11 en el quinto), el surafricano tuvo que pasarse 6 horas y media en la pista para superar en la semifinal a Isner por 26-24 en el último set.

Una barbaridad, consecuencia de la absurda norma del torneo de que no haya tie-break en el quinto. Se juega así con la salud de los tenistas, con la penalización al que gana de no poder estar en condiciones luego, y un molesto desorden organizativo que supuso esta vez que la semifinal Djokovic-Nadal se jugase bajo techo y en dos días. El serbio, al que no se le puede poner un pero, salió doblemente favorecido: porque jugar a cubierto le favoreció frente al español, y porque su rival en la final llegaba seriamente tocado. Con la paliza de la semifinal, añadida al duro partido frente a Federer, Anderson debía ser presa fácil del serbio, pletórico de moral tras el partidazo ante Rafa y con la clara oportunidad de ganar por cuarta vez en Londres y su decimotercer grand slam casi dos años después de su último triunfo.

Y lo cierto es que los dos primeros sets de la final siguieron el guión esperado: Djokovic se imponía a un rival entumecido, que no precisaba su saque, no podía restarle y no le hacía frente en los peloteos. Consecuencia, dos rápidos sets a favor del serbio. Pero hay una cualidad admirable de Anderson: su actitud, siempre positiva, intentando mejorar independientemente de cómo fuese el marcador, y, milagrosamente, sacando físico de donde pocas reservas podían quedar, Kevin jugó un tercer set al nivel de sus partidos anteriores, y pudo ganarlo. Pese a ceder en el tie break, dignificó una final en la que tampoco sería favorito, pero que una absurda norma deslució antes de comenzar.

La final Nadal-Federer se convirtió en un sueño imposible, pero esta edición deja para la historia dos de los mejores partidos, los de Rafa frente a Del Potro y Djokovic. La vuelta del serbio y el argentino a sus mejores niveles son excelente noticias para el tenis, y la actuación de Rafa hay que calificarla de excelente a pesar de no lograr su objetivo. Las circunstancias no jugaron a su favor, pero dejó una imagen de que sigue añadiendo mejoras a su juego, en el que destacó como siempre una mentalidad competitiva excepcional.

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